Joan Fontcuberta (Barcelona, 1955) ha dedicado prácticamente toda su carrera a, entre otros temas vinculados, deshacer el mito de la fotografía como prueba no ya de la realidad, sino de algo más que la subjetividad de las miradas que la construyen: la del fotógrafo y la del espectador. La fotografía para él no prueba nada, más allá del propio hecho fotográfico y es precisamente entre la verdad y la mentira del relato que cada fotografía contiene, donde ha situado buena parte de su obra. Lo ha hecho también en forma, digamos, pedagógica: alumbrando las mentiras que su fotografía reproduce en términos de realidad con no pocas dosis de humor y sarcasmo, herramientas intelectuales prioritarias cuando se trata de ridiculizar las pretensiones de veracidad de la imagen, en cuanto a que el uso del humor revela siempre una voluntad de generar un pensamiento crítico asertivo inmediato en el espectador. El suyo es un arte conceptual principalmente orientado a los crédulos… para que dejen de serlo.

Tres lustros antes de que el escándalo de su serie Sputnik (1997) —la vindicación histórica de un cosmonauta soviético inexistente que, en las fotos, era él mismo—, le diera un reconocimiento popular inusitado y asentara su prestigio internacional, Fontcuberta ya había acometido una de sus series mayores, dirigida precisamente al cuestionamiento de la imagen científica, la más evasiva para ser descubierta como potencialmente fraudulenta o poco fiable. Lo hizo con Herbarium (1982), una serie botánica plegada al canon de la representación científica de la flora de cualquier época: imágenes cercanas de ejemplares de plantas sobre un fondo neutro. La serie iba incluso un poco más allá en términos de enmienda a la veracidad, concebida como casi una respuesta a una de las más famosas series de botánica jamás disparadas, Unformen der Kunst (1928) de Karl Blossfeldt. El juego conceptual de Fontcuberta alcanzaba el principio mismo de la construcción de la realidad, tal y como Blossfeldt trataba de apelar en las clases teóricas de arte que impartía y para las que había tomado las imágenes. Fontcuberta enmienda esa visión de Blossfeldt de la naturaleza como constructora de formas, volúmenes y proporciones aplicables al resto de las artes humanas, realizada por el alemán a través de una selección claramente sesgada de modelos. Siguiendo un principio similar, Fontcuberta, va a crear las suyas propias, menos constructivas, proporcionadas, simétricas y arquitectónicas que las de Blossfeldt, y por esto más cercanas a la realidad que cualquier botánico conoce, por el simple proceso de reconstruir plantas imaginadas utilizando desechos de las calles de Barcelona.…
Este artículo es para suscriptores de ARCHIVO
Suscríbete
