¿Quién eres y quién querrías ser? Estas son las dos preguntas centrales que desde el siglo XIX se negocian en los estudios fotográficos entre el fotógrafo y su modelo. Los subtítulos de estas preguntas son: ¿Qué se está dispuesto a dar y a mostrar de uno mismo? ¿Cuánto de ello es el fotógrafo capaz de registrar y en qué circunstancias? Desde entonces ha cambiado la técnica y, por lo tanto, el margen de maniobra de la fotografía: lo que permanece es el diálogo entre el fotógrafo y su modelo y la constitución del lugar, pues el estudio fotográfico es totalmente artificial —a veces también artístico. En sus primeros inicios, el cometido del estudio era el de paliar un gran déficit de la fotografía: su lentitud. Después de superarla mediante unos asientos especiales, que fijaban la cabeza, y unos pupitres que —aparte de su carácter decorativo— sobre todo servían para estabilizar la posición de quien posaba, aparecía un nuevo problema para el estudio: las condiciones de luz en espacios interiores. Todavía tenía que pasar un tiempo hasta que se desarrollasen objetivos luminosos y llegase el uso correcto de la luz artificial. Se puede decir que, a partir de los años cincuenta del siglo XIX, empezaron a hacerse valer determinados estándares para una fotografía hecha en estudio. A partir de los años ochenta del mismo siglo, la fotografía se divulgó como producto de masas, cuando apareció el pequeño y, por lo tanto, económico formato de tarjeta de visita (aprox. 5,5 x 9 cm). La moda de coleccionar e intercambiar estas pequeñas imágenes de amigos, familiares y conocidos, montadas en cartón, tuvo su auge en aquellos tiempos, independientemente de si se conocía o no a la persona representada. La fascinación entusiasta se desprendía del objeto en sí, que en aquel momento trascendía por primera vez las clases sociales, representando el estilo, la moda y la idea de la belleza y de lo deseable en aquellos tiempos. Podríamos decir que una visita a un estudio fotográfico es comparable a una puesta en escena teatral. La aparición se produce en el estudio como espacio público, que normalmente tiene poco en común con las condiciones de vida reales y habituales. En el siglo XIX, el estudio estaba equipado como el almacén de accesorios o el fondo de vestuario de un teatro medio. Incluso hoy, cuando se evitan todos los adornos y parece que solo están permitidos fondos de distinto color, el estudio no es un espacio de la vida real, puesto que lo importante siguen siendo todas las facetas de la bella apariencia, no importa si es un retrato por encargo privado, una imagen de representación oficial o si se trata de fotografías publicitarias o de moda.…
Este artículo es para suscriptores de ARCHIVO
Suscríbete
