En 1875 algunos periódicos y revistas franceses se hacían eco de un suceso que hoy resulta curioso: el juicio por fraude contra Édouard Isidore Buguet, el fotógrafo de los espíritus. Buguet había estado realizando en su estudio cientos de fotografías en las que, mediante el sencillo y burdo truco de la sobreimpresión —como reconoció en el tribunal—, unos maniquíes se convertían en los fantasmas de aquellos difuntos que sus clientes querían volver a ver junto a ellos en unas especiales fotos de familia. Había sido una forma de dar credibilidad científica a la doctrina espiritista que había entrado en crisis en Francia tras la muerte en 1869 de Allan Kardéc, su introductor. Esos retratos se consideraban la demostración irrefutable de la existencia de espíritus. A pesar de las pruebas, como la aparición —vivo— de uno de los modelos que Buguet usaba para las caras de sus fantasmas, y de su confesión y posterior dedicación a desmontar las trampas de este tipo de imágenes, producto de la prestidigitación más que del poder de un médium, muchos de los clientes de su estudio continuaron creyendo en su «verdad», tal era la consideración de la fotografía.


Más de sesenta años después de la sonada condena de Buguet y de su mentor, M. Lemayre, editor de la Revue Spirite, a un año de encarcelamiento y una alta multa, el inventor ruso Semyon Kirlian descubrió por accidente —otro distinto al de la placa que se expone dos veces, un recurso que también tuvo un origen azaroso— que un objeto o una persona sometidas a una pequeña descarga eléctrica pueden dejar la impronta de su aura en el negativo. La cámara Kirlian, cuyos experimentos fueron financiados a partir de los sesenta por el gobierno soviético, deseoso de dominar, en su doble sentido, esa técnica fotográfica que se podía transformar en una importante herramienta de control porque mostraba lo que quedaba oculto, pasó a ser un fenómeno de feria, como los quiromantes, los cartomantes y los clarividentes, y el espectro de colores que se producía se hizo retrato de otro espectro, el del espíritu del que posaba.


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