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Irse, marcharse, despedirse

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Fotograma de La quimera (Alice Rohrwacher, 2023). Cortesía de Filmin
Resumen

Irse es un acto radical que fractura la continuidad y abre una grieta en lo que parecía estable. En el cine, las despedidas se traducen en planos vacíos, silencios y gestos mínimos que conservan la presencia de quien se ha marchado, evocando cómo la pérdida, lejos de borrar, transforma el vínculo. De Lost in Translation a In the Mood for Love, de Los puentes de Madison a La Quimera, el adiós se repite con rostros distintos, y aceptarlo es reconocer que lo vivido, aunque fugaz, permanece como huella, belleza irrepetible que nos acompaña.

Irse es un acto radical porque trastoca la lógica de la continuidad. Altera el mundo propio y el de quien te quiere, quien te odia, quien no sabe quién eres pero te pregunta cada día a cuánto está el kilo de manzanas. Partir es un acto radical porque interrumpe y abre una grieta en la superficie cotidiana que parecía estable. Georg Simmel escribió que el extranjero es aquel que está dentro y fuera al mismo tiempo: forma parte y se distancia. Quien se marcha encarna esa figura incluso antes de irse, existiendo en un lugar ambiguo al que pertenece y no pertenece. En el cine, un corte de montaje puede unir espacios, tiempos o cuerpos; pero cuando alguien se va, el corte permanece abierto. El fuera de campo se convierte en una herida. No vemos al que se fue, pero sentimos su carga en lo que ya no ocurre. El plano vacío es la memoria inmediata de lo que acaba de ser, el peso de una presencia que la imagen ya no contiene. Y, cuando hay marcha, hay, directa o indirectamente, despedida.

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Fotograma de Lost in Translation (Sofia Coppola, 2003). Cortesía de Filmin

La despedida puede ser una conversación, pueden ser palabras que se apagan poco a poco hasta que desaparecen, puede ser una mirada o un gesto, puede dirigirse al otro o hacia uno mismo. Recuerdo haber sido una adolescente que veía Lost in Translation (Sofia Coppola, 2003) y rebobinaba incesantemente la escena final en su reproductor pirata, incluso probando con las versiones dobladas en distintos idiomas que creía entender, para oír lo que evita: la claridad. En ese murmullo, que nunca terminamos de escuchar, lo que importa es menos el mensaje que el hecho de que fue pronunciado justo antes de irse.

En In the Mood for Love (Wong Kar-wai, 2000) las confesiones no se dan al otro, sino a una habitación vacía y a una grieta en la piedra, son un secreto depositado en un lugar donde nadie lo oirá.

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