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Las antiguas plantaciones son hoy campos de concentración al aire libre

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Antigua
Pablo López Luz. De la serie Frontera, 2014 - 2015. Cortesía del artista
Resumen

Sayak Valencia y Liliana Falcón analizan la frontera de Tijuana como un espacio donde la migración, la violencia y el control estatal revelan la continuidad de lógicas coloniales dentro del capitalismo contemporáneo. Estas nuevas plantaciones para explotar el cuerpo humano, tan antiguas como la agresividad, producen un capitalismo gore en el que los migrantes son desechables, ante lo que hay que interponer nuevas alianzas políticas y transfeministas.

Escribimos esto desde Tijuana, Frontera del Norte de México y del Sur de los Estados Unidos de Norteamérica, emblemática, sobre todo, por su leyenda negra que la identifica como una ciudad de paso, de vicio y el lugar al cual acudir si quieres comprar sexo, drogas, alcohol y diversión a bajo precio. O el sitio al cual llegar si quieres pasar «al otro lado».

Desde este lado del muro/del mundo sur asistimos al ascenso, recrudecimiento y expansión de una política migratoria basada en los principios de la necropolítica, es decir, una manera de gobernar a través de las masacres como un continuum colonial de control y de exterminio de poblaciones racializadas que parecen redundantes al proyecto del neoliberalismo, que en su dimensión actual, al menos en las fronteras del Sur global, toma la forma descarnada del capitalismo gore.

Entendemos por capitalismo gore una forma de economía que se alimenta del derramamiento de sangre explícito e injustificado (como precio a pagar por el Sur global, entendido conceptualmente como espacio de expolio neocolonial, que se aferra a seguir las lógicas del neoliberalismo exitista), que describe también al altísimo porcentaje de vísceras y desmembramientos, frecuentemente mezclados con el crimen organizado y reproducidos en YouTube y corridos alterados; con la división binaria del género y la sexualidad y los usos predatorios de los cuerpos; todo esto por medio de la violencia más explícita como herramienta de necroempoderamiento, es decir, un empoderamiento que se logra a través de la violencia y la muerte, como estrategias que anestesian y desmovilizan comunidades mediante la desaparición y el desplazamiento forzado, tal como lo muestran las recientes —y preocupantes— cifras en Tijuana, que ascienden a 415 homicidios y 40 asesinatos de mujeres en el primer trimestre de 2019, de los cuales solamente dos de ellos fueron tipificados como feminicidios, dado que las autoridades hacen lo posible por evitar esta categoría con el objetivo de eludir la exigencia de la Alerta de Género por parte de las organizaciones no gubernamentales: de las 247 asesinadas en 2018, sólo 28 casos se investigaron como feminicidios.…

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