Resumen
Graciela Iturbide, fotógrafa mexicana nacida en 1942, ha sido galardonada con el Premio Princesa de Asturias de las Artes 2025 por una trayectoria de más de cincuenta años que fusiona lo documental, lo simbólico y lo autobiográfico. Su obra, centrada en culturas de México y otros países, revela una mirada poética, ética y feminista. Por segunda vez en la historia del premio, este recae sobre la fotografía, y por primera vez, sobre una mujer fotógrafa.
Como si el mundo se revelara sólo a través de una lente, para Graciela Iturbide (Ciudad de México, 1942) la fotografía siempre ha sido un pretexto para conocer la vida y la cultura de un país —en un primer momento del suyo, y con el paso del tiempo de tantos otros—. A lo largo de sus más de cincuenta años de carrera, ha retratado con su cámara la realidad de lugares como México, Cuba, Panamá, India y Madagascar, pero también la propia; porque en cada captura, en cada imagen producida, Iturbide deja entrever una parte de sí misma. Ella no busca: encuentra, no mira: traduce, no documenta: escucha. El suyo es un trabajo concienzudo, intuitivo y lleno de imaginación, un trabajo que revela un mundo de obsesiones en el que la realidad más cruda es atravesada por una magia espontánea. Y es precisamente su capacidad para integrar lo documental, lo poético y lo simbólico, combinando la sensibilidad estética con una mirada antropológica, tan representativa de su trabajo, lo que el pasado viernes, 23 de junio, la convirtió en ganadora del Premio Princesa de Asturias de las Artes 2025.
Cada año los premios Princesa de Asturias reconocen un total de ocho trayectorias que, desde distintos ámbitos —Letras, Ciencias Sociales, Comunicación y Humanidades, Concordia, Investigación Científica y Técnica, Cooperación Internacional, Deportes y Artes—, destacan por su contribución al pensamiento, la creatividad y el compromiso con la sociedad. Junto al filósofo surcoreano Byung-Chul Han, premiado en Comunicación y Humanidades por su lúcido análisis de la sociedad contemporánea, el escritor barcelonés Eduardo Mendoza en la categoría de Letras, y el sociólogo estadounidense Douglas Massey, distinguido con el premio de Ciencias Sociales, Iturbide se suma a la lista de galardonados ya anunciados de su edición de 2025. De entre todas las categorías, la de Artes, creada en 1981, guarda una vocación particularmente simbólica: distinguir a personas o instituciones cuyo trabajo se considera que ha contribuido significativamente a la cultura contemporánea, dejando una huella duradera en el imaginario colectivo y en el patrimonio cultural global.



Sin embargo, más allá del prestigio del premio, basta recorrer su genealogía, sus más de cuatro décadas de historia, para advertir tendencias, desigualdades, repeticiones y, sobre todo, ausencias, que dicen mucho sobre qué perfiles y disciplinas son y han sido históricamente valorados. Por eso, que este año haya recaído en la mexicana Graciela Iturbide resulta, en varios sentidos, una decisión inesperada, y muy significativa: tras casi treinta años, se ha reconocido por fin una trayectoria vinculada a la fotografía —una disciplina históricamente infrarrepresentada en el historial del Premio Princesa de Asturias de las Artes—, y se ha hecho, además, premiando a una mujer.
Nacida en Ciudad de México en 1942, en el seno de una familia acomodada de ideas profundamente conservadoras, María Graciela del Carmen Iturbide Guerra fue la mayor de trece hermanos. Entre rituales religiosos y un modelo de vida familiar tradicional, su infancia transcurrió influida por experiencias estéticas que más tarde configurarían esa sensibilidad visual que le sería tan característica. En un inicio pensó en ser escritora, pero la necesidad de poder gozar de algún grado de independencia llevó su camino hacia la imagen. En 1969, ya casada y con tres hijos, ingresó al Centro Universitario de Estudios Cinematográficos (CUEC) de la Universidad Nacional Autónoma de México, con la intención de convertirse en directora de cine. Allí conoció al fotógrafo Manuel Álvarez Bravo y entró a trabajar como su asistente. De él aprendió a trabajar el blanco y negro —tal y como ha dicho en varias entrevistas, “el color se siente falso, el blanco y negro, verdadero”— y se acostumbró a la abstracción. Bajo su tutela, Iturbide descubrió su verdadera vocación por la fotografía.
Su fotografía es una búsqueda personal, una manera de conocer el mundo y de comprenderlo desde la sensibilidad hacia lo diferente
Sus trabajos desvelan un conocimiento paulatino del mundo a través de la cámara. Tomadas en fiestas populares y comunidades locales mexicanas, sus primeras imágenes, algunas de las más icónicas de su trayectoria, muestran un país, México, desde un lugar profundamente íntimo y cercano. Series como las realizadas en Juchitán y el Desierto de Sonora documentan comunidades indígenas, ritos religiosos, y la vida cotidiana desde una perspectiva poética y simbólica, poniendo el foco en el sincretismo cultural. Iturbide practica una forma de atención dispuesta a dejarse afectar por lo que ocurre frente a ella. Su aproximación a la fotografía —feminista, con una fuerte dimensión antropológica y profundamente autobiográfica— nace del estar presente, del observar con respeto, sin preparar la escena ni con la pretensión de anticipar el resultado. Ella se deja sorprender por cuanto encuentra. Se interesa por las formas de vida, los símbolos y los gestos que dan lugar a las diferentes culturas, pero lo hace desde la intuición, el inconsciente y lo inesperado. Por eso, más que documentar, lo que parece que hace Iturbide en sus imágenes es interpretar: dedica tiempo a conocer a los sujetos que fotografía, en cada toma establece una relación ética y afectiva con ellos, con el territorio, con la vida.


Este es un proceso que no se dirige solo hacia el afuera. La práctica fotográfica es también una forma de revelarse a sí misma: una herramienta de conocimiento y de liberación. La cámara le permite soltar, exorcizar, reflexionar, y la confronta con sus propias obsesiones, heridas y preguntas. Cada imagen es una huella de lo vivido y de lo sentido, pero también de lo añorado, de lo soñado. En el fondo, su fotografía es una búsqueda personal, una manera de conocer el mundo y, al mismo tiempo, de comprenderlo desde la sensibilidad hacia lo diferente. Trasciende el plano estético para inscribirse en una ética de la mirada, y es justamente esta complejidad, la riqueza humana y artística de su trabajo, la que hace aún más significativo que haya sido ella quien reciba el reconocimiento.
Graciela Iturbide recoge el testigo, encarnando una forma de mirar que, desde lo íntimo y lo colectivo, ha ampliado los límites de lo fotográfico
Pero que dicho nombramiento no nos nuble la vista: las cifras del premio revelan una desigualdad de género persistente, el número de mujeres premiadas es insultantemente inferior al de hombres. No sólo de las 54 personas galardonadas, 38 han sido hombres y 14 mujeres —quedan fuera de estas cifras los premios otorgados a instituciones—, sino que de estas 14, sólo 6 han recibido el premio de forma individual (Graciela Iturbide en 2025, Meryl Streep en 2023, Marina Abramović en 2021, Núria Espert en 2016, Barbara Hendricks en el 2000 y Alicia de Larrocha en 1994), las otras 8 lo han hecho compartiendo el galardón (Carmen Linares y María Pagés en 2022, Maya Plisetskaya y Tamara Rojo en 2005, y Victoria de los Ángeles, Teresa Berganza, Montserrat Caballé y Pilar Lorengar en 1991, junto a José Carreras, Alfredo Kraus y Plácido Domingo). Frente a esto, de los 38 hombres premiados, casi la mayoría, 32, han podido celebrar su título individualmente.
Ambos artistas, maestros del blanco y negro, y dotados de una sensibilidad especial ligada a lo humano, lo ritual y lo silenciado, son pues la representación de lo fotográfico en unos premios que han tendido a dejar de lado la disciplina
En cuanto a la estadística por disciplinas, impacta que la fotografía, a pesar de su peso incuestionable en la cultura visual contemporánea, apenas tiene presencia en el palmarés. Aunque desde sus inicios, el Premio de las Artes se ha otorgado a creadores de todo el mundo, tanto a figuras consagradas como a instituciones, sin distinción de nacionalidad, destacados en campos como la arquitectura, el cine, la danza, la escultura, la música, la pintura, la fotografía, el teatro, y nuevas prácticas artísticas como la performance o las artes visuales contemporáneas, las tendencias son evidentes. Históricamente, el cine ha sido la disciplina más premiada (Luis García Berlanga, Fernando Fernán Gómez, Woody Allen, Pedro Almodóvar, Michael Haneke, Francis Ford Coppola, Martin Scorsese), seguida por la escultura y pintura (Pablo Serrano, Eusebio Sempere, Antonio López, Eduardo Chillida, Jorge Oteiza, Antoni Tàpies, Miquel Barceló, Richard Serra), la música (Jesús López Cobos, Paco de Lucía, Ennio Morricone y John Williams, Bob Dylan, Joan Manuel Serrat) y la arquitectura (Oscar Niemeyer, Santiago Calatrava, Norman Foster, Frank Gehry).

Que en más de cuatro décadas, esta sea la segunda ocasión en la que el Premio de las Artes recae sobre alguien dedicado a la fotografía dice mucho del lugar que, aún hoy, ocupan la imagen y la práctica fotográfica en ciertos imaginarios institucionales del arte. —Bien es cierto que, en 2024, el premio en la categoría a la Concordia fue otorgado a la agencia fotográfica internacional Magnum en reconocimiento al poder documental y simbólico de la fotografía—. Antes que Iturbide, el único fotógrafo que había recibido este reconocimiento había sido Sebastião Salgado, en 1998. Artífice de una de las obras cumbre del fotoperiodismo humanista del siglo XX, el recientemente fallecido fotógrafo brasileño recorrió con su cámara los márgenes del mundo, desde las minas de Serra Pelada hasta la frágil selva amazónica que tanto quisó y defendió, dejando un testimonio visual de algunas de las tensiones más profundas de la sociedad contemporánea: la devastación ambiental, las migraciones forzadas y las condiciones del trabajo en contextos de desigualdad. La vida, tantas veces dada a ironías melancólicas, ha hecho que su muerte coincidiera justo con el día en que se anunciaba que Iturbide era la nueva galardonada. Así, ambos artistas, maestros del blanco y negro, y dotados de una sensibilidad especial ligada a lo humano, lo ritual y lo silenciado, son pues la representación de lo fotográfico en unos premios que han tendido a dejar de lado la disciplina. En una suerte de relevo simbólico, Iturbide recoge el testigo, encarnando una forma de mirar que, desde lo íntimo y lo colectivo, ha ampliado los límites de lo fotográfico. Su trayectoria, construida a lo largo de décadas, vuelve, con este premio, a ser revisitada.
El año 2008 marcó un hito en su carrera, cuando fue galardonada con el prestigioso Premio Internacional de Fotografía de la Fundación Hasselblad, uno de los máximos honores en la fotografía contemporánea internacional
El Premio Princesa de Asturias a las Artes 2025 se suma pues a la extensa lista de reconocimientos que la fotógrafa mexicana ha cosechado a lo largo de su vida. Su carrera internacional despegó con fuerza en la década de 1980, al recibir el W. Eugene Smith Memorial Fund (Estados Unidos) en 1987, seguido del Grand Prize Mois de la Photo (Francia) y la Guggenheim Fellowship (Estados Unidos) en 1988. Tras esto, el premio Hugo Erfurth (Alemania) en 1989, el International Grand Prize (Japón) en 1990 y el premio de uno de los festivales de fotografía más prestigiosos, Rencontres Internationales de la Photographie en Arlés (Francia) en 1991, con el que se celebraba su singular contribución al lenguaje fotográfico contemporáneo. El año 2008 marcó un hito en su carrera, cuando fue galardonada con el prestigioso Premio Internacional de Fotografía de la Fundación Hasselblad, uno de los máximos honores en la fotografía contemporánea internacional, y el Premio Nacional de Ciencias y Artes (México). A estos se sumaron el premio PHotoESPAÑA (España) y el Lucie Award (Estados Unidos) —concedido por la Lucie Foundation a figuras determinantes en la evolución de la fotografía en campos como el fotoperiodismo y la fotografía de autor (premio que en otra categoría recibió la revista EXIT en 2015)— en 2010, el Premio Cornell Capa del Centro Internacional de Fotografía (Estados Unidos) en 2015, el Premio de Fotografía de Alcobendas en 2017 y el premio William Klein de la Academia de Bellas Artes de Francia en 2023.
En Madrid, el trabajo de Graciela Iturbide podrá verse entre el 20 de junio y el 14 de septiembre en la exposición Cuando habla la luz, que tendrá lugar, en el marco del festival PHotoESPAÑA, en la Fundación Casa de México en España.

