Resumen
Hasta el 15 de febrero, La Virreina Centre de la Imatge (Barcelona) acoge una singular exposición inspirada en la novela inacabada El monte análogo de René Daumal en la que el cine de Michelangelo Antonioni dialoga de tú a tú con la fotografía de Luigi Ghirri. Bajo el sensible, riguroso e inteligente comisariado de Frederic Montornés, la muestra explora la montaña como símbolo físico, espiritual y metafísico, demostrando una vez más la capacidad del centro para proponer exposiciones originales y sorprendentes que invitan a la reflexión.
Desde el 15 de noviembre del pasado año hasta el próximo 15 de febrero se puede ver en las salas de La Virreina Centre de la Imatge (Barcelona) una exposición muy especial. Una exposición diferente a la mayoría de las que el espectador aficionado va a poder ver a lo largo de su deambular de sala en sala y de museo en museo, por varias razones. Es una exposición en cuyo origen hay una idea, parte de un concepto. Se trata, además, de una exposición basada en una novela muy poco conocida a nivel popular. Es un ejemplo poco común de lo que es una exposición comisariada, es decir, que detrás de lo que podemos ver en las salas existe una idea y un comisario lo suficientemente culto y profesional que ha sabido reunir una serie de elementos complicados, formal y artísticamente, y darles una forma coherente como exposición, sin ponerse él como protagonista sino haciendo un trabajo lleno de inteligencia y elegancia. Créanme, es algo muy raro de encontrar en el panorama nacional e internacional en estos tiempos que vivimos. Pero vamos por partes.

| Primero, el tema y el nexo de unión
La exposición se articula en torno al diálogo entre una serie de trabajos del director italiano Michelangelo Antonioni, pertenecientes a la serie Las montañas encantadas, y la fotografía de Luigi Ghirri, centrada igualmente en el estudio de las montañas. Dicho diálogo y enfrentamiento visual tienen su origen en la novela inacabada El monte análogo de René Daumal (Boulzicourt, Francia, 1908 – París, Francia, 1944). La obra quedó inconclusa debido a la muerte prematura del autor, causada por una grave tuberculosis, mientras escribía el quinto capítulo —sobre la mesa y el manuscrito de la novela—. El monte análogo combina elementos de una novela de aventura y también de una búsqueda mística en la que Daumal llevaba años investigando: primero a través del consumo de diversos tipos de drogas y después a través de ejercicios y escritos en los que profundizaba en estos temas.
El monte no es solo una montaña física, sino una representación de la idea de montaña y de una realidad superior, inaccesible por medios ordinarios
En la novela, un grupo de personas muy diverso se unen en un viaje iniciático para encontrar una mítica montaña que une la tierra con el cielo y en la que, a su alrededor, existe un mundo paralelo. Para ello, los protagonistas combinan ciencia, aventura y misticismo, superando las barreras físicas y espirituales. Por supuesto, la montaña y llegar a su cima guarda un claro significado místico y metafísico: el monte no es solo una montaña física, sino una representación de la idea de montaña y de una realidad superior, inaccesible por medios ordinarios.

Se trata de un viaje para encontrar la cima de la conciencia, la verdad y la plenitud humana, más allá de lo físico. La novela, marcada por el dramatismo de la muerte del autor y su destino de obra inacabada, se convierte en una obra clave de la escritura surrealista y espiritual. Se publica por primera vez en 1955 e, inmediatamente, se convierte en una obra de culto que inspira a músicos y artistas de todo tipo —en 1973, Alejandro Jodorowsky realizará una película basada en la novela, con el título La montaña Sagrada—.
| Segundo, los artistas
Tanto Michelangelo Antonioni (Ferrara, 1912 – Roma, 2007) como Luigi Ghirri (Scandiano, 1943 – Roncocesi, 1992) son dos figuras esenciales en la cultura y las artes visuales de la Italia moderna, aunque no son de la misma generación. Cuando Ghirri comienza su vida profesional como fotógrafo en 1967, Antonioni ya ha realizado algunas de las películas más importantes de su vida como Las amigas (1955), El grito (1957), La aventura (1960), La noche (1961) y Desierto Rojo (1964) —solo Blow-up (1966) y Zabriskie Point (1970) vendrían, ya en la década de los sesenta, a culminar su más destacada producción—.
Ghirri lo fotografió todo en Italia, la gente, la arquitectura, el paisaje, los objetos, la tradición, la atmósfera y, muy especialmente, el territorio
Antonioni es una de las cumbres de la cinematografía, y no solo de la italiana. Se inicia en el neorrealismo para ir centrándose, cada vez más, en cuestiones sociales, no tanto de la clase obrera, como de una burguesía acomodada a la que critica duramente. Situado cerca del comunismo intelectualmente, consiguió un Oscar al conjunto de su carrera, la Palma de Oro en Cannes y el León de Oro en Venecia, y prácticamente en todos los festivales en los que participó alcanzó el reconocimiento de la intelectualidad del cine, la filosofía y la literatura. Su cine, tanto en color como en blanco y negro, pero especialmente este último, siempre tuvo unas claras connotaciones expresionistas.

Fue un cineasta culto y un intelectual comprometido que, aparentemente, no tuvo ninguna relación con un joven Luigi Ghirri que, nacido después de la Segunda Guerra Mundial, se convertiría en uno de los inicios más inteligentes de la llegada del color a la fotografía, exponiendo en todos los centros y encuentros de importancia, lo suficientemente ecléctico como para ser el fotógrafo de los discos y amigo personal de Lucio Dalla, a la vez que de las obras del arquitecto Aldo Rossi (otro de los hitos del arte italiano).
Sirva esta muestra como excusa para hablar, una vez más, de esa figura cuestionada, polivalente y a veces absurda del comisario, el «curator«, un término que se ha estirado hasta la caricatura
Ghirri lo fotografió todo en Italia, la gente, la arquitectura, el paisaje, los objetos, la tradición, la atmósfera y, muy especialmente, el territorio, en parte por los muchos encargos, pero también por su gusto personal. Tal vez esa sea la única unión entre Antonioni y Ghirri: el territorio y, especialmente, las montañas. Antonioni, que de joven comenzó dedicándose a la pintura, la abandonó más tarde y solo la retomó casi al final de su vida, realizando varias series, entre ellas las piezas que se muestran en esta exposición sobre Las montañas encantadas; y Ghirri, que fotografió los paisajes —y muy especialmente las montañas de Italia, a veces como fondos de otros temas, pero también como protagonistas únicas de una gran cantidad de imágenes—, algunos de ellos presentes en la exposición.
| Tercero, el comisario
La montaña no es solamente un lugar, ni un accidente topográfico, ni un reto para superar físicamente a lo largo de la historia del hombre. Es también, y sobre todo, un símbolo con varios significados entrelazados, muchos de los cuales tratan en sus diferentes recorridos creativos tanto Daumel como Antonioni y Ghirri, tres personajes muy distintos que, muy posiblemente, nadie hubiera mezclado. Faltaba la «cuarta pata» para que esta estructura simbólica e intelectual y a la vez visual, se pudiera sustentar. Esa cuarta figura tenía que ser el comisario, obviamente.

En este caso, Frederic Montornés es el protagonista intelectual de la exposición. Y, sirva esta muestra como excusa para hablar, una vez más, de esa figura cuestionada, polivalente y a veces absurda del comisario, el curator, un término que se ha estirado hasta la caricatura. Del arte ha saltado a las bibliotecas, a los menús de los restaurantes y a cualquier otra cosa. Hoy todo se «cura», pero no todos los «curadores» tienen mucho que ver con este peregrino oficio artístico cuya vida se inicia con los grandes nombres de figuras como Pontus Hultén o Harald Szeemann (y otros muchos), que consiguieron cambiar las estructuras de los museos de arte contemporáneo.
No voy a hacer historia; solamente decir que esta pequeña exposición es lo que es, básicamente, por su comisario. Porque ha sabido construir un cuerpo real con su idea, delicada e inteligente, y montar una exposición brillante, original, con significado y sentido. Montornés es sin duda uno de nuestros comisarios más cultos e inteligentes, más profesionales y con una historia más brillante.
Lo ha hecho tranquilamente, sin prisas, y sin una excesiva exposición de sí mismo en los pasillos del poder, al menos del poder central. No recuerdo ninguna exposición suya en el Museo Reina Sofía, ni su presencia en congresos, cursos o másteres —toda esa absurda parafernalia pensada para sistematizar un trabajo que solamente se puede realizar desde la cultura, el conocimiento del arte (y, a poder ser, de algunas cosas más), la experiencia y el buen gusto, como es el comisariado de exposiciones (y, ya puestos, el comisariado de lo que sea)—.

Puede parecer que, hablando de arte, todo esto sea obvio pero ya les aseguro que no lo es. Para comisariar no es suficiente tener una agenda y contactos con el poder cultural y los artistas en general, hacer un máster o leer los libros de Hans Ulrich Obrist; hace falta leer, tener curiosidad, ver mucho arte —no solo actual—, cine, oír música. Ver y no solo mirar… y que te guste hacerlo. Disfrutarlo. Hace falta experiencia, tener algo de escenógrafo y algo, no necesariamente mucho, cada vez, en cada exposición, que contar. Y contarlo bien, porque aquí también la forma es el contenido.
La Virreina no es la mejor sala del mundo, ni siquiera de Barcelona, pero sí una de las más interesantes por sus programas y por su capacidad para generar interés y conocimiento
Montornés, a quien conozco desde cuando no se usaba la palabra comisario, tiene un poco de todo eso en diferentes proporciones y, además, es un excelente cocinero especializado en dulces, todo tipo de pasteles, a nivel profesional. También tiene una colección muy interesante de sombreros, gorras y todo tipo de cosas que uno se pueda poner en la cabeza, y que usa habitualmente o haya usado alguna vez. El sombrero es algo muy importante, muy simbólico también, pero mucho más importante aún es lo que haya dentro de la cabeza que cubre cualquier sombrero. Si viendo la obra de un artista estamos conociendo de alguna forma a su autor; si leyendo los libros de un escritor estamos leyendo sobre su persona; viendo una exposición bien comisariada, estamos conociendo un poco a su artífice, al comisario. Esta exposición es un excelente ejemplo de lo que es una exposición de autor, con un comisario real detrás que ha pensado qué hacer y ha sabido con qué obras y qué artistas podía y debía hacerlo. Algo muy poco común en el panorama expositivo actual. Algo, desgraciadamente, muy poco habitual.

| Cuarto, la sala
El tamaño, de verdad, no importa. Las mejores exposiciones que he visto, esas que nunca olvidas y que forman parte de tu mejor experiencia, han sido en salas pequeñas, algunas extrañas. Naturalmente, no estoy hablando de esas megaexposiciones que solo pueden hacer los grandes museos, aunque la mayoría no las hagan. No me refiero a esas exposiciones sobre grandes artistas, con presupuestos millonarios, medios infinitos y años de preparación; me refiero a esas muestras originales, hechas con poco o mínimo presupuesto (aunque esto siempre puede ser muy relativo), en las que siempre hay buenos artistas y excelentes obras, pero en las que, sobre todo, hay ideas, sorpresa, descubrimiento o recuperaciones.
La Virreina es uno de esos lugares, a veces, mágicos. Allí he visto muchas maravillas —tampoco siempre, claro—. Con directores muy diferentes, con distintos comisarios y hasta con nombres dispares, como ahora lo de «Centre de la Imatge». Pero La Virreina será siempre La Virreina, siempre con exposiciones que cuentan algo que no te habían contado antes. No es La Virreina la mejor sala del mundo, ni siquiera de Barcelona, pero sí una de las más interesantes por sus programas y por su capacidad para generar interés y conocimiento. Y eso la convierte en una de las mejores, de las imprescindibles. Antes había más lugares así. Recuerdo mejor algunas de las pequeñas muestras de la Sala Montcada de la Caixa, un espacio mínimo, que las muestras de sus grandes espacios actuales. O el Espai 13 de la Fundació Joan Miró, donde vi por primera vez las lonas de Susana Solano, una escultura que no se habría podido ver en aquel momento en otro lugar ni en otra ciudad, la instalación de los Poirier, o la ciudad de Miquel Navarro… tantas cosas que las inmensas y bien mantenidas salas actuales no me han dado. No, el tamaño no es tan importante. Y el dinero, a veces tampoco. Lo más importante es la curiosidad, atreverse y, por supuesto, saber lo que se hace y por qué. Incluso para qué.
| Y para finalizar: si pueden, pásense por Barcelona que, a pesar de las hordas de turistas y de la codicia inmobiliaria, sigue valiendo la pena, y visiten La Virreina, vean la exposición. No verán otra parecida en mucho tiempo. Y si no pueden, busquen el libro, está editado en castellano por Atalanta en 2025 en su colección Imaginatio Vera, con el nombre de El Monte Análogo. Merece la pena.
(La Muntanya Anàloga. Michelangelo Antonioni y Luigi Ghirri, La Virreina Centre de la Imatge, Barcelona. Hasta el 15 de febrero de 2026)






