Resumen
Presentada por la Pinacoteca de São Paulo y el MALBA, la exposición Pop Brasil: vanguardia y nueva figuración, 1960s-70s muestra cómo la producción artística brasileña de las décadas de los sesenta y setenta combinó experimentación estética, apropiación de imágenes de la cultura de masas y compromiso político para cuestionar la realidad y la censura. A diferencia del pop estadounidense, en Brasil los artistas desarrollaron un pop propio, radical y colectivo, que evidencia la fuerza del arte como herramienta de resistencia y reflexión, y su relevancia histórica y contemporánea.
En 1965 tuvieron lugar dos exposiciones fundamentales en la historia del arte brasileño: Opinião 65, en el MAM-Río (Museo de Arte Moderno de Río de Janeiro), y Propostas 65, en el Museu de Arte Brasileira (MAB-FAAP) de São Paulo. Fundamentales porque en ellas se presentaba por primera vez un arte contestatario, innovador y radical que nacía de la lucha, de la necesidad de resistencia a la dictadura. Un arte producido por jóvenes y en colectivo que reaccionaba al golpe militar, pero también un arte que, tras la abstracción y el concretismo, estaba volviendo a interesarse por la imagen. En ambas muestras, una nueva generación de artistas presentaba un cuerpo de trabajo profundamente vinculado a la situación política, social y cultural del momento, pero también de marcado carácter experimental en cuanto a técnica y formato. Tal y como señaló el escritor Ferreira Gullar en su crítica a la muestra:
No vi ninguna obra maestra en Opinião 65. Sobre todo, no vi preocupación, por parte de los pintores, de realizar una obra maestra. Digamos, en aras de la verdad, que a muchas obras les falta incluso la calidad artesanal necesaria. Pero hasta aquellos que realizan el trabajo con esmero lo hacen sin la menor intención de alcanzar las características hasta ahora aceptadas como definitorias de una obra de arte. Y, no obstante, hacen arte, es decir, comunican, a través de sus medios de expresión, una visión del mundo. ¡Y cuán variadas son las visiones de mundo que allí se manifiestan!
Ferreira Gullar
Sesenta años después, en un contexto convulso como el actual, la Pinacoteca de São Paulo y el MALBA (Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires) vuelven la vista hacia estos dos hitos de la cultura brasileña en la exposición Pop Brasil: vanguardia y nueva figuración, 1960s-70s, curada por Pollyana Quintella y Yuri Quevedo. Se trata de un gesto necesario, no sólo porque entonces se produjeron algunas de las propuestas artísticas más singulares y significativas de la historia del arte brasileño, latinoamericano e internacional, sino porque en las prácticas que durante esas décadas vieron la luz se apuntaron formas de hacer, de actuar, de relacionarse con una sociedad cada vez más violenta, menos integradora.
La modernización acelerada y la represión política impuesta por la dictadura militar que asoló Brasil de 1964 a 1985 marcaron el tono de la producción artística de los sesenta y setenta, pero su impacto no quedó ahí. Las obras de artistas como Hélio Oiticica, Lygia Clark, Rubens Gerchman, Claudio Tozzi y Wanda Pimentel, presentes junto a las de muchísimos otros en la exposición, influyeron decisivamente en la historia del arte hasta el punto en que hoy, cuando las disputas en el terreno político y social son cada vez más aterradoras y los derechos humanos fundamentales no dejan de ser vulnerados, sus miradas y sus formas de hacer nos recuerdan el valor y la potencia de la creación artística como herramienta política.
Pop Brasil se presentó en la Pinacoteca de São Paulo entre mayo y octubre del año pasado, y en noviembre el MALBA recogió el testigo, donde permanecerá abierta hasta el 2 de febrero. Si bien es un proyecto muy anclado a la colección de la Pinacoteca —destacado por ser un museo que, durante sus 120 años de existencia, siempre se ha centrado en coleccionar arte de su tiempo—, se trata de la más importante y extensa muestra del arte brasileño de las décadas de los sesenta y setenta realizada en la Argentina.
No se trata de un arte pop como el norteamericano, sino de uno de cuño situacionista y anticensura, profundamente vinculado al contexto sociocultural y socioeconómico brasileño
La exposición se articula en seis núcleos temáticos que empiezan con una imagen del Che Guevara y concluyen con una magnífica e inédita presentación del “happening de las banderas”, realizado en la plaza General Osório de Río de Janeiro en 1968, en el que participaron artistas como Nelson Leirner, Flávio Motta, Carlos Scliar, Hélio Oiticica, Ana Letícia, Carmela Gross, Vera Ilce, Maurício Nogueira Lima, Marcello Nitsche, Carlos Vergara, Rubens Gerchman, Glauco Rodrigues, Anna Maria Maiolino, Pietrina Checcacci y Claudio Tozzi. A lo largo de las salas, una extensa muestra de obras producidas en Brasil durante los sesenta y setenta —la mayoría procedentes de la colección de la Pinacoteca de São Paulo y de las colecciones Malba, Costantini y Roger Wright, esta última una de las más importantes de Brasil dedicada a la producción de ese periodo; pero también de galerías y colecciones privadas internacionales—, presentan ante el público uno de los periodos más fértiles del arte latinoamericano.
De la representación del régimen militar brasileño a los trasvases entre arte y espacio público, pasando por la represión, la censura, los iconos populares en la era espacial, las micropolíticas del deseo, las cuestiones de género, así como por la importancia que tuvo en la creación artística el hecho de producir en una economía en desarrollo, Pop Brasil nos sitúa ante un imaginario de la dictadura en clave pop.


Sin embargo, no se trata de un arte pop como el norteamericano, el que inmediatamente nos viene a la cabeza cuando pensamos en pop, sino de uno de cuño situacionista y anticensura, profundamente vinculado al contexto sociocultural y socioeconómico brasileño. Es decir, un pop político, que nada tiene que ver ni con la estética ni con los fundamentos conceptuales estadounidenses, hecho a mano y lleno de contradicciones, en el que la manera de tratar las imágenes de la cultura de masas es radicalmente diferente. El pop desarrollado en Brasil es un fiel reflejo del momento histórico, está atravesado por la dictadura y la imposibilidad de la utopía que la Modernidad pretendía construir. Y esta es precisamente la tesis de la exposición: el pop brasileño no es una repetición de la visión norteamericana sino que tiene sus propias políticas.
A diferencia de los procesos de desjerarquización de las imágenes, el cinismo y la crítica incisiva a la sociedad de consumo característicos del pop de artistas del contexto norteamericano como Warhol, a los artistas brasileños les interesa la imagen producida por la cultura de masas por su potencia comunicativa. Al comprender que están llenas de significados y mensajes políticos, y que por ende poseen una gran fuerza, recuperan imágenes que ya existen, que ya están en circulación, y se las apropian, hacen intervenciones —en ellas y con ellas—, las insertan en el circuito del arte. Un ejemplo de esto es la imagen del Che, muy reproducida en toda Latinoamérica como icono político pero también como icono pop. Su imagen llama a la lucha, a implicar a la gente.


Los trabajos presentados en Pop Brasil reflejan de formas muy heterogéneas la fuerte contradicción que se produjo entre la industrialización del país y la transformación de las estructuras cotidianas —como ejemplo, la curadora Pollyana Quintella señala cómo mientras la televisión llegaba y se extendía su uso, todavía había personas que no sabían leer—.
En Brasil, la Modernidad fue un proyecto siempre incompleto y muy dependiente del extranjero, y a diferencia de lo que ocurría en otros países, la situación no era de consumo sino de lucha, de protesta política, de oposición contra la censura cultural. El hecho de que las promesas modernas nunca terminaran de germinar llevó a los artistas a conciliar en sus obras imaginarios pre-industriales, artesanales y arcaicos, con otros más industriales y tecnológicos, provocando entre otras cosas, la reflexión sobre su papel y del arte en la sociedad y en la lucha política.

Obras como las de Mira Schendel, Gerty Saruê o Rubens Gerchman, en donde están combinadas crítica social, exploración estética y experimentación con nuevos medios, nos muestran cómo los artistas traducían estas tensiones en formas, colores y conceptos convirtiendo el arte tanto en una representación como en un cuestionamiento de la realidad de la época.

Aunque fueron múltiples las actitudes adoptadas por los artistas con respecto al arte político en las décadas de los sesenta y setenta —para algunos era una ampliación de la conciencia, mientras que para otros se trataba de algo contracultural y subjetivo, vinculado al deseo y al cuerpo (Leticia Parente, Claudia Andujar)—, el carácter colectivo y reivindicativo, heredado en parte de los grupos concretos de los cincuenta, y la importancia de los procesos, fueron fundamentales para el desarrollo de un arte pop en Brasil.
Pop Brasil es, en definitiva, otra revisión del arte pop, en este caso desde el contexto latinoamericano. La propuesta de Quintella y Quevedo nos permite comprender cómo un periodo histórico marcado por la represión, la desigualdad y la acelerada modernización dio lugar a un arte profundamente comprometido con su tiempo. El hecho de que hayan conseguido juntar en una misma muestra materiales provenientes de tantos lugares, muchos de los cuales en su momento ni siquiera fueron considerados obras de arte, es además de un reflejo del creciente interés por recuperar documentación y objetos de protesta, una declaración de intenciones. Y es que las obras presentadas en Pop Brasil no son solo documentos del pasado, son herramientas extremadamente útiles para la interpretación del hoy. Mostrarlas supone no olvidar y evidenciar la necesidad de oponer resistencia frente a quienes intentan destruir las democracias y, con ello, las sociedades. Algo urgente en Brasil, en Argentina y en tantísimos otros países.
(Pop Brasil: vanguardia y nueva figuración, 1960s-70s, MALBA, Buenos Aires. Hasta el 2 de febrero de 2026)









