Resumen
El Museo Thyssen-Bornemisza presenta Warhol, Pollock y otros espacios americanos, la gran exposición de la temporada. Curada por Estrella de Diego, la muestra cuestiona el canon y deconstruye las enseñanzas heredadas que nos han hecho pensar en estos dos artistas, máximos exponentes de la modernidad norteamericana, como polos opuestos.
No es nuevo que la historiografía del arte se haya dedicado a construir límites. Algunos sutiles y, en cierta forma, flexibles, pero otros infranqueables, separaciones tajantes entre caminos que se han presentado como opuestos e irreconciliables. Tal es el caso de la rígida división que, durante décadas, ha enfrentado la abstracción y la figuración pop: la primera entendida como un lenguaje puro y autónomo, centrado en la forma, el color y la materia; la segunda asociada a una vuelta a lo figurativo, a lo reconocible, a las imágenes de la cultura popular y mediática, a un imaginario tantas veces denostado por ciertas corrientes de pensamiento. El hecho de que el estudio del arte del siglo XX haya construido buena parte de su discurso precisamente sobre esa necesidad de definir, clasificar y reducir el arte a etiquetas no ha hecho sino reforzar una visión simplificada de la historia, donde la complejidad de los procesos creativos ha terminado quedando fuera del relato. Con esta forma de hacer, no solo no se ha favorecido una comprensión más amplia de la creación artística del último siglo, sino que se ha contribuido (¿inintencionadamente?) al borrado de toda una gama de matices interesantísimos, impidiendo lecturas e interpretaciones mucho más enriquecedoras. Y es que, visto con la perspectiva que da el tiempo, si algo caracteriza el arte de los siglos XX y XXI es justo la existencia de esos territorios intermedios, surgidos del cruce y la constante contaminación entre lenguajes y formas de entender y abordar la práctica artística.

Con esta premisa, el Museo Thyssen-Bornemisza presenta Warhol, Pollock y otros espacios americanos, uno de los proyectos recientes más ambiciosos del museo. Concebido antes de la pandemia y llevado a cabo por la académica, investigadora y curadora Estrella de Diego junto al equipo del museo —con el apoyo de diversas instituciones públicas y privadas, nacionales e internacionales, entre las que destaca la Pollock-Krasner Foundation, patrocinadora del catálogo—, el proyecto nace con plena conciencia de la complejidad que entraña una exposición de esta envergadura. No solo por la procedencia de las obras, sino también por las dificultades que implican sus traslados —la mayoría son piezas de gran formato y préstamos de colecciones norteamericanas como el Whitney Museum, la Peggy Guggenheim Collection, el MET o el Andy Warhol Museum—.
Ni Pollock se limitó a la “pintura sin imagen” ni Warhol a las “imágenes sin pintura”
Guillermo Solana, director del museo, señala tres razones por las que considera esta exposición la gran cita de la temporada: la primera, porque se trata de la primera muestra dedicada a Jackson Pollock en España, un artista apenas representado en el país más allá del lienzo que conserva el propio Thyssen; la segunda, porque el Andy Warhol que aquí se presenta es otro, distinto al icono de la cultura popular que conocemos, un Warhol abstracto que mira a Pollock y, en un gesto de sorprendente afinidad, incluso crea desde las intuiciones de este; y la tercera, porque la propuesta curatorial de De Diego cuestiona el canon y deconstruye las enseñanzas heredadas que nos han hecho pensar en estos dos artistas, máximos exponentes de la modernidad norteamericana, como polos opuestos.


Aunque en el arte las fronteras nunca han sido nítidas, solo unos pocos han sabido verlo y se han atrevido a adentrarse en la ardua tarea de desmontar las ideas sobre las que se ha ido construyendo el conocimiento. En España, una de ellas es Estrella de Diego, quien desde hace más de veinticinco años se dedica a pensar, con una perseverancia casi obsesiva, en lo peligroso de esas divisiones. En esta muestra, —“uno de los proyectos de su vida”, como ella misma dice, “el otro fue la investigación del trabajo de la pintora Amalia Avia, presentado en forma de retrospectiva en la Sala Alcalá 31 en 2022”—, pone en diálogo a dos grandes figuras de la historia del arte: Jackson Pollock, representante de la abstracción, en su caso expresionista, y Andy Warhol, emblema de la figuración, una figuración pop para más inri de sus detractores. Y para hacerlo, parte de la noción de espacio como ese territorio intermedio en el que el arte americano pudo pensarse a sí mismo más allá de la dicotomía abstracción/figuración.
Ambos artistas comparten el tratamiento del espacio como un campo expandido donde la pintura deja de ser representación
Se trata de espacios en constante negociación, desde los que ambos artistas, cada uno a su manera, proponen nuevas estrategias espaciales que desestabilizan la idea de superficie pictórica, rompen con la distinción tradicional entre fondo y figura, y eliminan cualquier posible jerarquía. En Pollock, los gestos y las huellas —en apariencia espontáneas, pero en realidad fruto de un trabajo preciso y concienzudo con la materia, como señala la curadora— ocupan la totalidad del lienzo.

En Warhol, en cambio, la superficie aparece saturada de repeticiones y duplicaciones de objetos, y por tanto, desestructurada. Ambos comparten el tratamiento del espacio como un campo expandido donde la pintura deja de ser representación para convertirse en un lugar donde se mezclan lo figurativo y lo abstracto, lo visible y lo oculto, el orden del canon y su progresiva descomposición.
En este ejercicio, Warhol y Pollock no están solos, les acompañan otros artistas icónicos y coetáneos que, aunque vivieron Américas muy distintas —“la América de Pollock nada tiene que ver con la de Warhol”, recuerda De Diego—, todos juntos dan forma a esos espacios americanos a los que alude el título de la muestra. Artistas como Lee Krasner, Mark Rothko, Sol LeWitt, Helen Frankenthaler, Cy Twombly o Marisol Escobar, cuyos trabajos puestos en diálogo invitan a repensar lo espacial, el gesto y el formato, transforman nuestra manera de mirar. Y algo que no conviene obviar es que en esta exposición las mujeres artistas están “porque tienen que estar, no porque deban estar”, tal y como subraya De Diego, pues aunque todavía hoy la historia del arte se cuente en masculino, ya deberíamos saber que ningún relato está completo sin ellas.




Una acción aparentemente sencilla como mirar es, para Estrella de Diego, “el acto político por excelencia”. Mirar, no como gesto pasivo, sino como punto de partida para el cuestionamiento de los relatos heredados. Un acto que, en esta exposición, ocupa un lugar central y que, entre las muchas capas de lectura que plantea, sobresale como una de las más sugerentes. ¿Qué pasa si volvemos a mirar?, se pregunta constantemente la curadora. Pues lo que pasa es, como se demuestra a lo largo del recorrido, que nada es tan simple como podría parecer. Que ni Pollock se limitó a la “pintura sin imagen” ni Warhol a las “imágenes sin pintura”. Que todo lo que nos han contado, lo que durante años nos enseñaron, no es sino una parte de un relato parcial y profundamente incompleto. Porque mirando una vez se ven unas cosas, y volviendo a mirar, otras muy distintas. Y es que, ya lo dice la propia Estrella, “solo mirando se entienden las cosas”.
(Warhol, Pollock y otros espacios americanos, Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid. Hasta el 25 de enero de 2026)

