Resumen
William Turner y John Constable protagonizaron un gran enfrentamiento artístico en su época mientras buscaban, entre la calma y la agitación, la elevación del género del paisaje hacia formas nunca vistas. La Tate Britain, por el 250 aniversario de su nacimiento, recupera en Turner & Constable. Rivals & Originals sus grandes puntos de convergencia y divergencia, la captación del paso del tiempo y las distintas formas de aproximarse a la vida.
Tras el telón de los grandes acontecimientos históricos, descubrimientos y confrontaciones, ha habido rivalidades que han marcado la historia de un estilo o ciudad hasta convertirla en una verdadera leyenda. Es fácil recordar la obsesión de Vincent van Gogh (1853-1890) por los colores y, sobre todo, por formar una comunidad artística en Arlés que pudiera revolucionar el canon de la época. Y, aunque solamente acudió Paul Gauguin (1848-1903) a la llamada, la intensidad creciente de la convivencia inicial, que evolucionó del entusiasmo inicial a fuertes discusiones creativas y la agitación de algunas situaciones, desembocó en el famoso seccionamiento de la oreja y el alejamiento permanente entre los dos.
Aunque no todas tienen ese componente impulsivo cuando, por ejemplo, la perfección de la técnica está por encima de todo: en la Antigüedad, los también pintores Zeuxis (435-390 a. C.) y Parrasio (440-380 a. C.) se disputaron el título de mejor pintor de trampantojos con dos obras. Cuando el primero descorrió la tela, las uvas ahí pintadas eran tan realistas que las palomas se acercaron a picotearlas al instante. No obstante, cuando le tocó a Parrasio, este se negó a mostrarla hasta que su rival descubrió el truco al intentarlo: la tela era tan idéntica que parecía que podía ser retirada cuando, en realidad, más allá no había nada, con lo que perdió la competición, pues él mismo había sido engañado.


A medio camino entre ambos tipos de rivalidad por sus tipos de obras y vidas, J. M. W. Turner (1775-1851) y John Constable (1776-1837) protagonizaron un gran enfrentamiento artístico en su época, que la crítica resumió en un choque de opuestos, «fuego y agua», «poesía y verdad». Así, con motivo del 250 aniversario de su nacimiento, la Tate Britain examina en Turner & Constable. Rivals & Originals, en exposición hasta el 12 de abril de 2026, el desarrollo de sus carreras artísticas, las críticas y comparaciones que provocaron sus obras, y el impacto que todo esto tuvo en sus visiones artísticas. A partir de 190 pinturas y obras en papel las personas que visiten la exposición podrán ver no solo sus puntos de convergencia y divergencia, sino las formas en las que concibieron el género del paisaje y lo elevaron hacia formas nunca antes vistas.
Los paisajes siempre habían estado ligados a un acontecimiento histórico o bíblico destacado, como la huida a Egipto, y eran creaciones ficticias, utópicas, o ensoñaciones sobre una vista sublime

Turner nació en el centro de Londres y expuso su primer cuadro en la Royal Academy con tan solo 15 años en 1790. Tras esto, se dedicó a viajar por Gran Bretaña y Europa buscando variaciones, nuevas formas de retar sus composiciones, como puede observarse en el cuadro Paso del monte San Gotardo desde el puente del Diablo (1804). Por su parte, Constable partía de una familia acomodada de la aldea de Suffolk, y dedicó sus primeros años de formación a hacer esbozos y perfeccionar su técnica, por lo que no expuso en la Royal Academy hasta 1802. Después, ya habiendo formado una familia, se esforzó en plasmar la exuberancia y calma de la campiña inglesa.
Ya cerca de la década de 1830, ambos pintores estaban consagrados y habían demostrado, en diferentes formatos y aproximaciones, las posibilidades que ofrecía un género que hasta ese siglo, en realidad, había sido muy secundario. Mayormente, los paisajes siempre habían estado ligados a un acontecimiento histórico o bíblico destacado, como la huida a Egipto, y eran creaciones ficticias, utópicas, o ensoñaciones sobre una vista sublime. De esta manera, lo que se asentó en las pinturas de Turner y Constable, así como en la de otros artistas, fue la constatación de que bastaba con mirar alrededor para plasmar el encanto, la permanencia y la presencia de los campos, bosques y puertos por sí solos.
A su modo, si algo refleja la exhibición es que las rivalidades también pueden ser el motor perfecto para superarse y alcanzar mayores cotas de perfección
Es algo que puede comprobarse fácilmente comparando, como en su época, La catedral de Salisbury desde los prados (1829), de Constable, y El palacio y el puente de Calígula (1831), de Turner. Las dos obras comparten la preferencia por un cielo abierto que domina la composición, y que queda enmarcado por árboles que ayudan a centrar la mirada en lo que ocurre en la escena. A través de campos de color que se pierden en la lejanía, o de un dibujo más marcado que reafirma el instante de belleza, los habitantes desarrollan sus quehaceres y rutinas, ajenos a lo que ocurre alrededor. Quizás porque ese ambiente —que ahora parece un milagro en nuestras ciudades llenas de hormigón y tecnologías— era para ellos y ellas lo normal.
A su modo, si algo refleja la exhibición es que las rivalidades también pueden ser el motor perfecto para superarse y alcanzar mayores cotas de perfección. Por ejemplo, se sabe que las escenas costeras de Constable, entre otras El espigón de Yarmouth (1823), pudieron atraer el interés de Turner por esta temática, quien se inspiró en esa misma composición rectangular y el punto de fuga hacia la derecha para sus propios paisajes. Aunque también hubo anécdotas, casos en los que la necesidad de ganar justificaba los medios utilizados: en 1832 Turner añadió una boya roja en su cuadro de tonos más bien apagados (Helvoetsluys; el Ciudad de Utrecht, 64, haciéndose a la mar, 1832) para que el público, y la crítica, no se fijara tanto en los colores más llamativos del cuadro de Constable que estaba al lado. Y eso que este último, en la exposición del año pasado, había sustituido una obra de su «amigo» Turner, al que se le había asignado un lugar con muy buena visibilidad, por otra obra suya.


Igualmente, la exhibición, una retrospectiva de toda la obra de ambos, es la ocasión idónea para volver a ver algunos cuadros, como El incendio de las casas de los lores y los comunes (1835), que en un siglo no había viajado desde el Cleveland Museum of Art a Londres, o El caballo blanco (1819), de Constable, que no había sido expuesto desde hace varias décadas. En estas, de nuevo, también son palpables sus diferencias: el uso de una paleta de colores más cálida, con una composición abierta y un punto que atrae toda la atención, el cual deja lo que ocurre alrededor en un plano secundario, casi «impresionista»; y unos tonos más fríos, verdosos, con una naturaleza que enmarca con su grandeza un cielo lleno de nubes, las cuales le dan una gran textura a la composición, y en la que los campesinos, y animales, son una gota en ese océano de reflejos.
Al final, si bien Turner muestra una actitud más pasional y directa ante la vida, y Constable otra más recogida y reflexiva, sus paisajes reflejan el paso del tiempo, la agitación ante un amanecer que nunca más se repetirá, la exuberancia de la impermanencia del paisaje o la belleza de lo efímero.
Además, la exposición se completa con una serie de actividades, como una serie de charlas (17 de febrero, 13 de marzo, 27 de marzo y 10 de abril) o una visita por Dedham para conocer de primera mano el ambiente en el que Constable vivió.
(Turner & Constable Rivals & Originals, Tate Britain, Londres. Hasta el 12 de abril)



