En 1953 Robert Rauschenberg, quien ese año había expuesto en la Stable Gallery de Nueva York sus Pinturas blancas, entró en el estudio de Willem de Kooning, uno de los mayores representantes del Expresionismo Abstracto, y le pidió uno de sus dibujos para borrarlo. Con este acto, el dominio del Expresionismo a lo largo de la década de los 40 y 50 se aproximaba a su fin, mientras comenzaban a surgir figuras como Rauschenberg, Lucio Fontana o Jasper Johns, aspirantes más jóvenes dispuestos a eliminar la asociación entre la huella única del pintor sobre la tela y la autenticidad. De hecho, la destrucción no solo fue recibida como un escándalo, sino que fue vista, a su vez, como una recuperación del dadaísmo y el nihilismo. Todo esto hace que Dibujo de De Kooning borrado (1953) sea una obra fundamental, cual bisagra, entre dos momentos artísticos, y, según Castro Flórez, sea el ejemplo perfecto de lo que Harold Bloom llamó «angustia de las influencias»: la lucha contra los predecesores, la sensación de ser un enano a lomos de un gigante, y el revisionismo final, la necesidad de establecer una distancia segura con ese pasado artístico idealizado para volver a crear e innovar.
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