¿A qué le dan la espalda los personajes de las pinturas románticas? ¿Y a qué le damos la espalda nosotros? En el vigésimo capítulo de Yo estuve allí, Fernando Castro toma como punto de partida El monje ante el mar, de Caspar David Friedrich, para reflexionar sobre el romanticismo y su relación con la naturaleza, la modernidad y la historia. Pintada entre 1808 y 1810, la obra se inscribe en la tradición pictórica del romanticismo del norte, del cual Friedrich fue uno de los máximos exponentes. Tanto en esta como en El caminante sobre el mar de nubes o El mar de hielo, las figuras humanas, cada vez más diminutas, dejan al espectador ante el vacío: paisajes inmensos, oscuros y profundamente melancólicos que encarnan lo sublime. Hoy, sin embargo, hemos dado la espalda a lo sublime, hemos olvidado la capacidad de asombro y de contemplación frente a la naturaleza que Friedrich nos legó, y con ello quizá también el contacto íntimo con lo infinito y lo sobrecogedor.
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