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Helen Hester: «Una política prometeica no deja nada fuera de la posibilidad de transformación»

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Helen Hester. Fotografía: cortesía de la autora.
Resumen

A raíz de la publicación en español de Contra el realismo doméstico: escritos sobre vivienda, género, trabajo y tecnología (Bartlebooth, 2025), Txomin Lasa entrevista a su autora, Helen Hester, una de las filósofas contemporáneas más relevantes en los estudios de género y tecnología.

Helen Hester
Contra el realismo doméstico: escritos sobre vivienda, género, trabajo y tecnología
Bartlebooth, 2025

Helen Hester es una de las filósofas contemporáneas más relevantes en los estudios de género y tecnología. Escritora, investigadora, docente y activista británica, es miembro del grupo feminista Laboria Cuboniks, que en 2015 publicó el influyente Manifiesto xenofeminista, una apuesta por el uso estratégico de las tecnologías existentes para desmantelar jerarquías de género. Sus líneas de investigación se sitúan en el cruce entre tecnofeminismo, políticas reproductivas y futuro del trabajo. En castellano se han publicado Xenofeminismo. Tecnologías de género y políticas de reproducción (Caja Negra, 2018) y, junto a Nick Srnicek, Después del trabajo: una historia del hogar y la lucha por el tiempo libre (Caja Negra, 2024).

Su última publicación, Contra el realismo doméstico: escritos sobre vivienda, género, trabajo y tecnología (Bartlebooth, 2025), reúne una serie de ensayos en los que Hester reivindica el espacio doméstico como un escenario de lucha política. A lo largo de la entrevista, desarrolla su crítica a los imaginarios tecnofuturistas del siglo XX, defiende infraestructuras colectivas de cuidado y plantea la necesidad de reorganizar el trabajo de reproducción social más allá del ámbito privado.

Foto: Aurática

Helen Hester: En ese ensayo sostengo de manera explícita que el espacio doméstico no debería entenderse como algo dado e inmodificable, que no deberíamos verlo como un ámbito que queda fuera de lo político. Lo que entiendo por una «política prometeica», en su sentido más fecundo, no deja nada fuera de la posibilidad de transformación, y eso incluye las instituciones del género, del cuidado y del hogar. Para mí, es ahí donde la teoría feminista resulta realmente crucial en estos debates, porque nos enseña que la esfera doméstica y el trabajo reproductivo son los ámbitos en los que se materializan normas en torno a la dependencia, el tiempo y la obligación.

Centrarse exclusivamente en el trabajo asalariado que tiene lugar fuera del hogar e ignorar el trabajo que se realiza dentro de él —tanto el trabajo remunerado como el no remunerado que ocurre en las residencias domésticas— supone excluir de nuestros proyectos políticos un espacio fundamental, y aceptar implícitamente la idea de que la configuración actual del hogar es inmutable. Al plantear la domesticidad como un espacio de oportunidad política, cuestionamos la naturalización del trabajo reproductivo y lo abrimos a la posibilidad de una reorganización colectiva. Y esto se da tanto en un sentido espacial como relacional: el hogar como entorno físico, pero también el hogar entendido como una forma de organización social. De esta madera, la domesticidad se presenta como un ámbito de disputa y de invención.

H.H.: Sí, totalmente. Es una especie de variación del ya muy conocido concepto de Mark Fisher de «realismo capitalista»: la idea de que hemos llegado a asumir que no hay alternativa al capitalismo, que las cosas no pueden ser de otro modo, que desde luego no pueden ser mejores, y la manera en que esa suposición orienta todos nuestros proyectos políticos. Traslado esa idea al terreno de la domesticidad: lo que llamo «realismo doméstico» nombra el supuesto de que existe una manera correcta de organizar nuestras vidas domésticas, una forma adecuada de vivir que sostendría sociedades estables y saludables, y que solo hay una manera de hacerlo. Como si no hubiera alternativa posible para una sociedad funcional que no pase por la vivienda unifamiliar y la familia nuclear. Eso es, básicamente, lo que estoy cuestionando.

«El cuidado puede coordinarse socialmente sin pasar por una lógica corporativa ni caer en una hiperindividualización»

H.H.: Ese ensayo comienza con la denominada «paradoja de Cowan». Para las décadas de 1940 y 1950, la tecnología doméstica ya estaba plenamente incorporada a los hogares occidentales, pero lo que las investigadoras advirtieron algunos años después fue algo contraintuitivo: todas esas nuevas máquinas, esos dispositivos pensados para ahorrar trabajo doméstico, en realidad no habían disminuido el tiempo dedicado a las tareas del hogar. En los años setenta, Joann Vanek observó que las amas de casa a tiempo completo trabajaban aproximadamente el mismo número de horas en el hogar que en los años veinte. Si acaso, dedicaban incluso un poco más de tiempo a ese tipo de actividades. Y más tarde, Ruth Schwartz Cowan —de quien toma nombre la paradoja— formuló este enigma: pese a la expansión de las tecnologías «ahorradoras de trabajo», el trabajo doméstico se resistió obstinadamente a reducirse y se mantuvo prácticamente inalterado durante casi un siglo.

Y hay muchas razones para explicar esto. Tiene que ver, por un lado, con el aumento de los estándares domésticos (si tienes la posibilidad de lavar la ropa en casa con regularidad, se espera que lo hagas; la ropa tiene que estar más limpia, etc.). Pero también con la concentración de esas cargas de trabajo en una sola figura —la de la ama de casa—, en lugar de repartirse entre varias personas, ya sean otros miembros de la familia, trabajadoras remuneradas o infraestructuras colectivas como las lavanderías.

Anuncio de lavadora automática Inglis. Canadá, c. 1952. Whirlpool Corporation.
Anuncio de lavadora automática Inglis. Canadá, c. 1952. Whirlpool Corporation.

Cada vez más, estas tareas recaen sobre los hombros de una sola persona dentro del hogar, que acaba asumiendo de manera casi exclusiva el trabajo de reproducción social. La herencia de esta expansión de las tecnologías domésticas «ahorradoras de trabajo» en las viviendas unifamiliares del siglo XX es que se ha instalado la tendencia a pensar la reducción o el alivio del trabajo doméstico casi exclusivamente en términos tecnológicos, en lugar de considerar otras vías posibles.

En el segundo ensayo analizo ciertas imágenes del hogar propias de mediados del siglo XX: la casa suburbana del «sueño americano», pero también los modelos de apartamento de soltero que populariza la revista Playboy o las casas especulativas del futuro. Propongo no leerlas como futurismos pintorescos o simples curiosidades del pasado, sino como formaciones ideológicas que nos dicen qué se entiende entonces como un futuro posible. Esos proyectos no solo imaginan casas: proyectan formas de trabajo, roles de género, fantasías de consumo y determinados imaginarios colectivos. Creo que muestran cómo incluso las visiones técnicas más radicales pueden reproducir las mismas jerarquías de las que dicen querer escapar. Hay cierto conservadurismo en esos imaginarios radicales, que se expresa en el refuerzo de la privatización, de los roles de género y de concepciones atomizadas de la vida en común.

«El modelo de la casa unifamiliar sigue funcionando como norma aspiracional, sigue conservando su dominio ideológico»

H.H.: Creo que estas cuestiones están muy abiertas, ¿no? Por un lado, las experiencias de vida de muchas personas van en contra del «realismo doméstico». La gente no puede permitirse una casa unifamiliar. Hay personas de treinta y cuarenta años que viven con tres o cuatro compañeros de piso a los que en realidad no conocen y que han encontrado a través de una app; personas que, después de la universidad, han tenido que volver a vivir con sus padres porque les ha costado encontrar un lugar en el mercado laboral; personas cuyos padres se han mudado con ellas a causa de enfermedades crónicas y del precio desorbitado de las residencias…

Así que esa versión de la casa que a los niños les gusta dibujar —el cuadradito con un triángulo encima y una valla blanca— está hoy fuera del alcance de muchísima gente. Vemos todos los días que hay alternativas a la casa unifamiliar. Y, sin embargo, creo que lo importante es que estas alternativas que muchas personas viven son más una imposición que una elección. El modelo de la casa unifamiliar sigue funcionando como norma aspiracional, sigue conservando su dominio ideológico. ¡Por eso los niños dibujan ese cuadradito con un triángulo encima! Sigue existiendo una idea hegemónica tanto de cómo debería ser una casa como de qué debería implicar un hogar. Y muchas veces la gente no siente que se esté liberando de ese ideal, sino que, al contrario, resiente no poder acceder a él.

«Si el ‘realismo doméstico’ nombra la idea de que no hay alternativa, la ‘romantización doméstica’ nos muestra que, en realidad, la gente no desea una alternativa»

Esto conecta con algo que Alva Gotby ha llamado «romantización doméstica». Alva fue doctoranda mía y, a partir de mi trabajo, ha desarrollado este concepto tan útil. Básicamente, si el realismo doméstico nombra la idea de que no hay alternativa, la «romantización doméstica» nos muestra que, en realidad, la gente no desea una alternativa. La casa unifamiliar se presenta como una especie de forma evolutivamente perfecta… En este sentido, el realismo doméstico y la romantización doméstica van de la mano.

Bajo mi punto de vista, la crisis de la vivienda actual encierra tanto riesgos como oportunidades. Las personas pueden verse obligadas a experimentar con arreglos domésticos por pura necesidad; pueden estar intentando sobrellevar una mala situación, hacer de la necesidad virtud, y eso podría dar lugar a cambios duraderos en nuestra forma de pensar el hogar. Pero mientras estos experimentos estén anclados en la precariedad, van a ser problemáticos. Pueden reforzar, sin querer, la atracción de la casa unifamiliar y reforzar la romantización doméstica al generar resentimiento hacia algo como la vida colectiva.

West Leonora Street con Harbor Boulevard. Anaheim, California, Estados Unidos, julio de 1960. Orange County Archives.

H.H.: El hogar atomizado concentra la responsabilidad de la reproducción social de un modo que dificulta la transformación colectiva. Esta es una de las razones por las que el trabajo de Dolores Hayden me resulta tan sugerente. Sus propuestas de ciudades no sexistas y de estructuras domésticas a escala de barrio —cocinas compartidas, lavanderías colectivas o sistemas cooperativos de cuidado infantil— cuestionan no solo quién realiza las tareas de cuidado, sino también dónde y cómo se organizan. Este tipo de infraestructuras externaliza tareas que habían quedado artificialmente confinadas al ámbito del hogar privado y, de algún modo, las reimagina como funciones sociales compartidas. Este desplazamiento es clave: reformula el cuidado como infraestructura, en lugar de como un deber moral individual.

«La verdadera alternativa al hogar atomizado de la casa unifamiliar no son las fantasías automatizadas de mediados del siglo XX, sino estas configuraciones tecno-sociales mucho más prácticas, que no son ‘sexys’, ni futuristas y relucientes»

También trabajo con un instituto de investigación independiente en el Reino Unido llamado Autonomy. Tienen un área de investigación urbana que reflexiona mucho sobre el cuidado, y han propuesto la creación de centros de cuidado de barrio: una escala del cuidado que va más allá del hogar y del hospital para insertar el cuidado en los barrios, en la vida cotidiana de las personas… articulando el cuidado formal e informal y creando también espacios de descanso y de ocio. Creo que esto se relaciona también con el modelo de Buurtzorg, que en los Países Bajos ofrece un ejemplo contemporáneo de reorganización del cuidado a escala colectiva. En lugar de un modelo de atención domiciliaria fragmentado y organizado según lógicas gerenciales, Buurtzorg funciona a través de pequeños equipos de enfermería autogestionados e integrados en las comunidades. La idea es reducir la carga burocrática, devolver autonomía a las trabajadoras del cuidado al eliminar buena parte de las jerarquías en la organización del trabajo, y además concebir el cuidado como una relación, no como una serie de tareas aisladas.

Se trata de un enfoque mucho más integral: puede haber alguien que salga a hacer la compra para quien lo necesita, que ayude a vestirse a otra persona, que esté ahí para hablar con ella y acompañarla… Todo esto muestra que el cuidado puede coordinarse socialmente sin pasar por una lógica corporativa ni caer en una hiperindividualización. Esa es la verdadera alternativa al hogar atomizado de la casa unifamiliar: no las fantasías automatizadas de mediados del siglo XX, sino estas configuraciones tecno-sociales mucho más prácticas, que no son «sexys», ni futuristas y relucientes, sino que están ancladas en la realidad poco glamurosa de lo que implica cuidarnos unos a otros.

«Lo que parece claro es que, bajo el capitalismo, el tiempo libre acaba siendo colonizado por la lógica del trabajo»

H.H.: Totalmente. Creo que esa es, probablemente, una de las preguntas centrales de la política del postrabajo: ¿qué es el trabajo?, ¿qué es el tiempo libre?, ¿cómo entendemos la diferencia entre trabajo y actividad elegida libremente? Para mí, lo importante es que el tiempo libre no equivale ni al ocio ni simplemente a no trabajar. Puedes estar haciendo algo muy exigente, algo difícil: plantar un huerto, arreglar una valla, programar algo… y seguir estando en una situación de tiempo libre si es algo que has elegido para ti, si forma parte de un proyecto con el que te has comprometido voluntariamente. Eso no quiere decir que no estés estresado, que no sudes o que no sueltes algún taco; pero sigue siendo una actividad elegida libremente.

Contra el realismo doméstico, de Helen Hester, 2025. Editorial Bartlebooth. Foto: Aurática.

Por otro lado, puede que estés planchando el uniforme del colegio de tus hijos, o peleándote con los servicios sociales por el paquete de cuidados de tu madre enferma. Puede que en esos casos no estés realizando una actividad remunerada, pero tampoco estés disfrutando de ocio ni de un tiempo verdaderamente libre. Tal vez estés sacándote un sobresueldo con algún trabajo extra, o aprendiendo Excel para mejorar tu empleabilidad, o simplemente desplomándote de puro agotamiento después de terminar la jornada laboral… Lo que parece claro es que, bajo el capitalismo, el tiempo libre acaba siendo colonizado por la lógica del trabajo. Entonces, ¿dónde trazamos esas fronteras? Creo que no hay reglas claras ni límites fijos.

Desde mi perspectiva postrabajo, la distinción clave gira en torno a si una actividad es un medio para un fin o un fin en sí misma. Es una idea que he desarrollado en mi publicación más reciente en inglés, un libro que he escrito junto a Will Stronge titulado Post-Work: What It Is, Why It Matters, and How We Get There. Pensar esa distinción central en términos de medios y fines nos da margen para incorporar todo tipo de actividades distintas a nuestros proyectos políticos. Es una concepción muy amplia del trabajo y nos ofrece una lente interpretativa para pensar la actividad social situando la libertad de las personas en el centro.

«Tratar la emancipación como algo imposible conduce a la desesperanza y, potencialmente, a la inacción. Pero desear el cambio radical con muchísimas ganas tampoco basta si no va acompañado de organización colectiva y de estrategia»

H.H.: Exacto. Tengo muchas doctorandas que están investigando la categoría de trabajo y, muy a menudo, se enredan demasiado al intentar definir qué es exactamente el trabajo. Creo que hay una tendencia a querer fijarlo en exceso: muchas de nuestras discusiones sobre algo como el trabajo gestacional, por ejemplo —esta cuestión de si una gestante subrogada está trabajando, o si alguien que está embarazada fuera de un intercambio comercial está realizando algún tipo de trabajo— acaban quedándose atrapadas en debates del tipo: «Vale, entonces, ¿en qué condiciones cuenta esto como trabajo y en cuáles no?». Y me da la impresión de que esos debates, a veces, son bastante estériles.

Contra el realismo doméstico, de Helen Hester, 2025. Editorial Bartlebooth. Foto: Aurática.

H.H.: Cuando se publicó ese ensayo, sí que se percibía un resurgimiento palpable de una izquierda orientada al futuro, emancipadora, que para mí, en aquel momento, apuntaba a un renovado apetito por la construcción de mundos contrahegemónicos. Aquello parecía indicar una fisura en el realismo capitalista y una renovada creencia en la posibilidad de alternativas. Había la sensación de que las cosas podían ser de otra manera, de que podían ser mejores, y de que dependía de nosotros hacerlo posible. Ahora bien, a lo largo de la última década, algo de ese espíritu ha persistido frente a la quiebra del consenso neoliberal, pero la inercia política que se había generado ha cambiado. En la era actual de proteccionismo, guerras comerciales, negación del colapso climático y un etnonacionalismo rampante… la idea de que las cosas podrían ser de otro modo —o, mejor dicho, de que podrían ser peores— parece cernirse por todas partes. Vivimos en un mundo de desigualdades que se intensifican, estamos viendo un agravamiento del malestar social y un aumento de las tensiones geopolíticas…

Pero tampoco creo que debamos perder de vista que ese cuestionamiento, aunque sea parcial, del realismo capitalista ha hecho que la imaginación política vuelva a cobrar importancia. Y no creo que eso se haya desvanecido del todo en la izquierda, ni siquiera después de derrotas bastante duras. En los últimos años hemos visto un verdadero florecimiento de ideas sobre futuros poscapitalistas: proyectos ecosocialistas que cuestionan el fetichismo del PIB, experimentos de socialismo digital y de cooperativismo de plataforma, un renovado debate sobre la planificación económica y, por supuesto, las políticas del pos-trabajo; es decir, proyectos que no toman el trabajo como un horizonte moral, sino como algo que hay que reducir mediante la organización colectiva, la transformación tecnológica y la infraestructura pública.

H.H.: La ilusión y la melancolía han caracterizado a distintos sectores de la izquierda en momentos diferentes y de distintas maneras. Este es un argumento que ya planteé, junto con mis colegas de Laboria Cuboniks, en el Manifiesto xenofeminista: la idea de que ni el derrotismo ni el simple deseo de que las cosas cambien son especialmente útiles. Tratar la emancipación como algo imposible conduce a la desesperanza y, potencialmente, a la inacción. Pero desear el cambio radical con muchísimas ganas tampoco basta si no va acompañado de organización colectiva y de estrategia.

Mi argumento, en el fondo, es que deberíamos tratar de atravesar tanto las ilusiones de un cambio fácil como la melancolía que asume que nada mejor es posible. Y, en su lugar, insistir en formas de transformación ambiciosas, organizadas, poco glamurosas y no espontáneas. Al final, todo vuelve a aquella frase clásica de Gramsci sobre el pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad: necesitamos un poco de ambas cosas.

H.H.: Gracias a ti.

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