Resumen
¿Qué queda del arte cuando no hay público? ¿Tiene valor real? Rosa Olivares reflexiona, a través de Joseph Beuys, los conciertos en estadios o las ferias, sobre el papel real de los visitantes y asistentes a los eventos y su realidad. Aunque ningún componente del entramado artístico existiría sin el público, su ninguneo, hasta su ausencia en la planificación de las exposiciones, incide en una ruptura que cada vez es mayor.
Cuando Joseph Beuys trató de explicarle su obra a una liebre muerta en 1965, en una de sus más famosas performances, nadie se dio por aludido. Beuys se puso miel y pan de oro en la cabeza y se sentó en una silla con la liebre muerta entre sus brazos explicándole detalladamente su obra artística. Yo creo que no era una liebre, creo que era un conejo. Un conejo vulgar, de granja, supongo. Él representaba al artista, ese artista/demiurgo que se investía con el oro y la miel de los dioses. El conejo (o la liebre, si les parece más elegante) era el público. La liebre nunca dio señales de haber entendido nada de lo que Beuys le explicó. El público tampoco.
No está muy claro que a los artistas les importe que los entendamos; para ellos es más importante (como dijo Wagner, otro artista que se creía Dios, y que igual también lo era) que los queramos. Que los adoremos, diría yo. Que los admiremos. Y hoy en día, que los compremos. No estoy hablando del arte, sino de los artistas que, aunque algunos no lo crean, son dos cosas diferentes: son unas líneas que a veces discurren en paralelo, y que, de vez en cuando, convergen. Hace muchos años, un entonces joven artista vasco me dijo, textualmente, que «el arte es una religión y Jorge Oteiza su máximo sacerdote». Yo solo pude responderle que yo no era religiosa, pero que si tenía que elegir me quedaba con la Iglesia católica y sus catedrales, su Capilla Sixtina y mucha de la pintura religiosa que ya existía, pero que, «gracias a Dios», no tenía que elegir nada. La sutil ironía de invocar a otros dioses ajenos a la jerarquía del arte creo que fue lo que más le irritó. Por suerte, aquel joven ya es un señor más que maduro y supongo que ha cambiado de credo. Pero los artistas siguen igual, creyendo que son inmortales. Siempre me pareció increíble que alguien se autodenomine artista a sí mismo, como quien dice que es de Murcia.…
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