Resumen
Carlos León y Ana Laura Aláez plantean en sus exposiciones en el MUSAC un retorno a sus temas habituales: la materia, el cuerpo, la inestabilidad y el deseo. En esta reactualización no hay una mirada nostálgica, sino una voluntad de llevar más allá la búsqueda de un hogar, que conecta con la mitología y la existencia del ser humano.
En 1874 se pudo ver por primera vez en el estudio del fotógrafo Nadar la pintura Impresión, sol naciente, de Claude Monet. La obra desafiaba el canon desarrollado hasta ese momento con sus trazos visibles y sus manchas de colores, que iban en contra del ideal de perfección pictórica y los cálculos matemáticos sobre la composición y la perspectiva. Además, no había un tema mitológico o histórico que centrara la atención: solo la captación de un amanecer, esto es, la simple y pura vida. Tras esto, esa «impresión» de un instante fugaz no solo se fue desarrollando dentro del movimiento artístico que ahora conocemos como impresionismo, sino que hizo de la repetición su principal modus operandi. En su intento de captar la luz y el paisaje de distintas formas, Monet llegó a pintar unas 30 obras de la catedral de Ruán, mientras que Paul Cézanne le dedicó gran parte de su vida a Santa Victoria, uno de los macizos más destacados de la Provenza francesa.
Para León, la pintura se apoya siempre en la «visión del deseo» y en los ritmos que este impone
El Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León (MUSAC) ha programado — con las variaciones, el repaso y la experiencia adquirida a través del tiempo como ejes centrales— tres exposiciones para la temporada de verano: Lugar del elogio, de Carlos León; Pabellón de escultura: refugio e intemperie, de Ana Laura Aláez; y Casi sistemas. Colección MUSAC, una exposición colectiva de varios artistas, entre otros, Ai Wei o Joan Fontcuberta. Las tres, que podrán visitarse del 6 de junio al 18 de septiembre de 2026, proponen la revisión de temas ya establecidos por ese género, o artista, para terminar de profundizar en las preguntas que se plantearon en su momento.


Lugar del elogio, comisariada por Fernando Castro Flórez, es la primera muestra individual de Carlos León (Ceuta, 1948) en este museo. No se trata de una retrospectiva, como cabría esperar tras décadas de producción pictórica, sino una revisión de los principales temas del pintor ceutí: el Jardín perdido, la mitología, la pasión del barroco, la reflexión pausada y la comprensión del soporte pictórico. Según cuenta el propio León, esta aproximación a su imaginario artístico supone lo siguiente:
Considero esta etapa de mi existencia como una inmersión en lo que llamo la posmadurez, en un período vital en el que poder poner en juego lo mejor de lo aprendido, lo más enriquecedor de lo leído y, sobre todo, lo más intenso de lo vivido. Ello nos ha llevado, tanto al comisario Fernado Castro, como a mí mismo, a una selección de obras de distintos períodos articulados en torno a esta idea de producción en una edad tardía y cargada de experiencia.
Carlos León
El gesto no es echar la vista atrás, un elemento más típico y nostálgico dentro del mundo artístico. Más bien, el objetivo es examinar la fuerza vital de la pintura y de su cromatismo. Para León, la pintura se apoya siempre en la «visión del deseo» y en los ritmos que este impone, sobre todo cuando se asocia a lo corpóreo y al encuentro del tacto —como ocurre en sus obras— con la materia. Esto resalta la superficie del lienzo, madera y Dibond y la vuelve física, palpable, como una realidad que se puede materializar tras todo ese esfuerzo.
En esa vuelta no solo hay luz, también hay sombras y ausencias: la repetición como dinámica en la que no se puede alcanzar ese ideal, la perfección, que se tiene en mente. Como en el caso de los impresionistas, Carlos León ha recuperado desde la década de los setenta la pintura —un género que, según la época, se ha visto desplazado por otras corrientes más contemporáneas— con una gran independencia, sin adscribirse a un estilo concreto. Para el pintor ceutí, de hecho, enfrentarse a la creación artística tiene un significado existencial:
La pintura es una forma de expresión muy directa que, como he dicho ya en otras ocasiones, constituye para mí un ajuste de cuentas con la existencia. Es algo que tiene lugar en el ámbito del Deseo. La pintura no ofrece un relato como ocurre con la escritura, no ofrece un tejido que se produce en el espacio y en el tiempo como ocurre con la música; la pintura se instala ante nuestra visión ofreciendo la posibilidad de una lectura diferente a cualquier otra. Es una forma de expresión que podríamos considerar, hablando en términos lingüísticos, perteneciente al orden de lo significante.
Carlos León
El concepto de «refugio» es uno de los aspectos centrales de la obra de Ana L. Aláez, que alude además a la tradición de los laberintos
La otra muestra, Pabellón de escultura: refugio e intemperie, de Ana Laura Aláez (Bilbao, 1964), supone un retorno a una de las obras más monumentales de la colección del museo. Realizada en 2008 por la artista bilbaína, está formada por planchas de aluminio que forman un espacio que juega con el vacío, la seguridad y la inestabilidad. Aunque forma un espacio relativamente cerrado, la disposición de las planchas no deja un lugar en el que descansar ni apoyarse. Para ella, la principal diferencia entre ambos planteamientos consiste en la siguiente:
Pabellón de escultura: refugio e intemperie es una contrarréplica al MUSAC. Es decir, un museo imaginario, de menor escala, dentro del real. […] En aquella ocasión, además de la propia instalación de grandes dimensiones, coloqué esculturas de mi autoría fuera del «Pabellón», como una metáfora de que la institución muchas veces expulsa ciertas partes. Por ejemplo, las fisuras, las dudas, los errores, las caídas, las crisis, etc. Esa parte oscura que es el material esencial de la escultura y que, curiosamente, es el más difícil de sacar a la luz.
En esta ocasión, me he concentrado en mostrar solamente el Pabellón. La instalación consta de 32 planchas con una factura deconstructivista y otras diez planchas sueltas fuera de él. Estas últimas se distribuyen desordenadamente entre las dos últimas salas del museo con una cierta anarquía espacial. Algunas cuelgan de un lucernario de unos 17 metros de altura; de esta forma, la atmósfera litúrgica del propio MUSAC se traslada a la obra y viceversa.
Ana L. Aláez



La obra está potenciada como una presencia aislada e incluso, según la propia artista, el conjunto puede asemejarse a cuchillas de afeitar de gran tamaño, lo que crea cierta tensión con el zigzag y el aspecto neutro de las salas del MUSAC. Por eso el concepto de «refugio» es uno de los aspectos centrales de la obra de Ana L. Aláez, que alude además a la tradición de los laberintos:
Me acerqué al arte buscando un refugio, siendo consciente que no iba a ser una guarida segura o amable, pues me iba a obligar a cuestionarme a mí misma y a todo lo que me rodea sin descanso. Pero a la vez me iba a permitir un enfrentamiento directo con las cosas que tienen que ver con la lucha por la supervivencia. La idea de refugio es un pulso atávico. Ahora, más que nunca, la necesidad por buscarlo late con mucha fuerza en las nuevas generaciones. Quizás haya algo de narración mitológica en Pabellón de escultura: refugio e intemperie en cuanto a que nos proyectamos mejor como antihéroes. Habitando construcciones que se desploman a nuestro paso, como si todo lo que tardamos en construir se puede caer en pedazos en cuestión de segundos.
Ana L. Aláez
Esta reactualización en clave contemporánea está acompañada de una serie de paneles y folletos en los que Aláez explica el proceso de elaboración del Pabellón y lo dedica a su familia, influencia fundamental para ella en su práctica artística. De este modo, la artista despliega un relato subjetivo que interpela al espectador y, en ese deseo de conexión, se vuelve universal. Si el hogar y la seguridad quedan denegados en esta amalgama de planchas, lo que conecta mejor con los visitantes es el «vacío» y la necesidad de abordarlo, de materializarlo —como en el caso de Carlos León—, mediante diferentes aproximaciones para dar salida a lo que no puede expresarse con palabras. Como ella misma reconoce:
He heredado de mi familia una especie de vacío, un ser inmaterial que, curiosamente, tiene mucho que ver con el arte. Toda esa parte intangible transmitida a lo largo de tantas generaciones fue lo que, sin saberlo, me acercó a algo que aún hoy no sé medir en toda su magnitud.
Ana L. Aláez


Carlos León y Ana L. Aláez buscan —mediante la pintura y la escultura— un refugio ideal que, a la vez, es imposible por el caos y la incertidumbre que dominan la vida. En las repeticiones y revisiones de sus obras pasadas, el proceso es el único elemento permanente. Como método de expresión imperfecto, pero directo y sensorial, interpela al espectador para que complete la pregunta sobre la búsqueda de un hogar, una de las más fundamentales del ser humano, que, quizá por su complejidad, quede sin respuesta.
Completan ambas exposiciones una serie de visitas guiadas dentro de la Escuela del MUSAC.
(Pabellón de escultura: refugio e intemperie y Lugar del Elogio en el MUSAC, hasta el 18 de octubre de 2026).




