Scherer, crítico alemán, habló en cierta ocasión, del tipo negador, que tiene fisonomía propia muy característica dentro del campo de las letras y las artes. El negador, es tan necesario para la vida y progreso del arte, como el creador mismo; espíritu complejo, nunca satisfecho, sarcástico y despiadado todo en una pieza, pesimista casi siempre é influido en lo moral por esos mil derivados de la «hipocondría sistemática», cruzado de brazos ante la producción de cualquier tiempo, crucifica con su sonrisa irónica á todo ideal, obligándole de este modo indirectamente á transformarse y transformarse sin término. Frecuentemente se le encuentra encarnado en determinados individuos, pero aparte de ello, raro es el artista ó el hombre de letras, que no resulta un negador al juzgar la obra de los demás.
Sorprende á veces, ver y oír la variedad incongruente de opiniones, que una serie de personas cultas, emiten á propósito de un libro, cuadro, ó escultura determinados; mientras algunas de ellas juzgan con imparcialidad y sensatez, otras ponen al autor en el quinto cielo, y la mayoría le declaran incompetente, imbécil, y hasta falto de sentido común. No hay tertulia de escritores ó artistas en que no pueda verse esto á diario.
El negador, es tan necesario para la vida y progreso del arte, como el creador mismo
Actualmente, en Madrid, la palabra negadora de moda, es, cursi. Hoy todo es aquí cursi; pocos son los cuadros de la Exposición que se han librado del epíteto y poquísimas las obras literarias de la temporada, o de otras anteriores, á cuyo asunto haya dejado de aplicarse el sambenito de esa palabreja semi-inglesa y semi-tonta, que no obstante decir muy poco ó nada, constituye hoy por hoy en la corte la fórmula inevitable y compendiada de todo juicio crítico en materia de arte.
Muchos al oiría, tal vez piensen maquinalmente en las decantadas envidias y celos artísticos, pero yo veo tras ella otra cosa muy distinta: es el imperativo negador, el que allí asoma, el genio de la evolución artística que hace decir pestes de la obra alumbrada, precisamente porque ha visto la luz, porque es ya del público y no conviene detenerse sino seguir adelante.
El elogio neutraliza y embrutece; la negación es la única que puede producir el desequilibrio necesario para que las ideas sigan brotando y se sucedan y metamorfoseen, dando como resultado la aparición de nuevas formas y concepciones.…
Este artículo es para suscriptores de ARCHIVO
Suscríbete
