Sobre la obscenidad
Comienzo este ensayo con una confesión que explique por qué mi retardo para escribir sobre el cine de un director que de más en más ha logrado llamar la atención del glamour del mundo de la pantalla. Siempre hay que desconfiar del glamour, en él hay algo que en lo que muestra se agazapa cierta autocomplacencia de los espectadores, críticos y los intelectuales políticamente correctos. Una cierta fascinación snob que hace tolerable lo que quizá por principio , y desde siempre, aparece como intolerable. Aquí mi confesión: desde que vi por primera vez su película Japón (2002) me molestó cierto exceso del recurso de cámara y cierta perversidad de sus historias; unos años después, cuando vi en la salas de la Ciudad de México Batalla en el cielo (2005), mi incomodidad fue mayor ante el ejercicio de la mirada como violencia soberana del artista; una incomodidad que se convirtió en inquietud y pregunta cuando vi Luz Silenciosa (2006). En el cruce entre deseo e inquietud coloco los argumentos de este ensayo. Son pues los afecciones de incomodidad, lo violento y lo inquietante sobre los que quisiera abundar a lo largo de esta páginas. Abundar sobre las “afectaciones” estéticas que sus películas producen, en particular Batalla en el cielo.

Aquello que incomoda e inquieta sin duda tiene que ver con ciertas formas siniestras de lo grotesco y de lo obsceno que se ponen en operación en esta película. ¿Pero qué tiene de grotesco y obsceno la historia de un chófer (Marco) y de una niña bien (Ana) para la que el primero trabaja? En una lectura simple podríamos decir que eso está resuelto en la trama misma del film, en las tipologías de los personajes y en el lado oculto de la psicología y los conflictos que apenas plantea la película. Por una parte, la historia un personaje “feo” (Marco), que en complicidad con mujer –áun más fea–, secuestran un bebé, el cual muere; del otro lado, la historia “obscena” de la niña “guapa y bien” que “trabaja” como puta en un “prostíbulo” clandestino cuyos clientes son políticos y gente poderosa de la sociedad mexicana. Nada más fácil y literal que reducir las tensión entre lo grotesco y lo obsceno a una historia que no pasa de ser un puro ejercicio morboso sobre los lados “oscuros” del deseo en la sociedad mexicana. Sin embargo, si hay algo que caracteriza el cine de Carlos Reygadas, es el hecho de que las historias en sus films son prácticamente inexistentes, apenas un pretexto que le permite construir cierta estética, que en un tono de provocación, él llama “realista”.…
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