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Iñaki Bonillas

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Iñaki Bonillas. From the series Los ojos (2010). Courtesy of the artist and ProjecteSD, Barcelona.

Los ojos

La felicidad tiene los ojos cerrados.

Paul Valéry

Al principio no nos atrevíamos a contemplar detenidamente las primeras imágenes que confeccionó [Daguerre]. Nos daba miedo la nitidez de esos personajes y creíamos que sus pequeños rostros diminutos podían, desde la imagen, vernos a nosotros: tan desconcertante era el efecto de la nitidez extraordinaria y de la insólita fidelidad a la naturaleza de las primeras imágenes de los daguerrotipos”. Aunque hemos superado hace mucho aquella etapa, irrepetible, de primer desconcierto (ante lo nunca visto) que describe el fotógrafo Karl Dauthendey, algo queda en la naturaleza de la fotografía que la vuelve, todavía hoy, ligeramente inquietante.

La serie fotográfica Los ojos está estrechamente relacionada con la inquietud de Dauthendey frente a la posibilidad de que la gente retratada sea todavía capaz de ver; es decir, de que esté de alguna manera viva, y con ciertas facultades intactas, a pesar de la evidente inmovilidad. Esta idea apunta a lo que Roland Barthes definió como la confusión, “perversa”, entre lo real y lo viviente, puesto que la foto, que en principio tiene como punto de partida un objeto real, “induce subrepticiamente a creer que es viviente”. Al mismo tiempo, la foto sugiere, por ser obligadamente registro de algo pasado, “que el objeto está muerto ya”. De ahí, el miedo. Pero ¿acaso no es todavía más inquietante aquel que, desde la imagen, se niega a ver? Ese que, por ejemplo, en medio de la foto familiar se tapa la cara o voltea hacia otro lado. Los ojos que miran a la cámara por lo menos tienen eso de los vivos: la mirada; cuando en una foto alguien aparece, en cambio, con los ojos cerrados, la distancia insalvable entre nosotros y esa persona —ese fantasma sumido en un más allá de la imagen— se abre todavía más: él no nos ve, pero, de algún modo, nosotros tampoco a él: se ha escapado detrás de sus ojos. Por otro lado, también podríamos pensar que el que decide no presentar sus ojos a la cámara está, ciertamente, desafiando al fotógrafo, negándose a que éste lo capture —por eso en algunas culturas la fotografía está prohibida: porque se piensa que la imagen es capaz de robarle el alma al retratado. Cerrar los ojos, entonces, podría entenderse como una manera de ponerse a uno mismo a salvo.…

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