En los últimos años, las instituciones artísticas han comenzado a mirar hacia aquello que durante décadas eligieron no ver. Figuras que por su género, su clase, su disidencia —o simplemente por no encajar en el molde del relato hegemónico— quedaron relegadas al margen, comienzan ahora a ser recuperadas desde una voluntad de revisar y repensar, desde nuevas perspectivas, la historia misma del arte. No se trata solo de sumar nombres a un canon ya escrito, sino de cuestionar cómo este ha sido establecido: quién habla, quién puede ser escuchado, qué voces han sido consideradas legítimas y cuáles no, y por qué. Y es en este gesto de revisión crítica en el que se inscribe la exposición que, desde el 12 de abril, presenta el Centro Botín: Maruja Mallo: Máscara y compás. Pinturas y dibujos de 1924 a 1982, la retrospectiva más completa hasta la fecha dedicada a la gallega Maruja Mallo, una artista brillante y compleja, figura destacada de la vanguardia española, cuya obra y vida —imposibles de separar— han sido leídas, durante mucho tiempo, de forma parcial e incompleta.
Se trata de una coproducción del Centro Botín (Santander) y el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (Madrid), institución que acogerá la muestra a finales de año. En ella están reunidos más de 90 óleos —todo un hito teniendo en cuenta que se conservan poco más de un centenar de pinturas salidas de la mano de la artista, y que la mayoría se encuentran dispersas en museos y colecciones nacionales e internacionales, algunas incluso desaparecidas—, dibujos y abundante material de archivo, fotografías y documentación audiovisual. A través de los cuales su curadora, la historiadora del arte Patricia Molins, miembro del Departamento de Exposiciones Temporales del MNCARS, propone un recorrido por la trayectoria completa de Maruja Mallo, destacando su papel en la vanguardia española y su contribución a la modernidad artística. Lo hace de manera cronológica, respetando sus series de pinturas: Estampas (1927-28) y Verbenas (1927-28); Arquitecturas minerales y vegetales (1932-33) y Construcciones rurales (1933-36); Cloacas y campanarios (1929-32); La religión del trabajo (1936-39); Naturalezas vivas (1941-1944), Cabezas (1941-52) y Máscaras (1948-57); Atletas y acróbatas (años cincuenta), Moradores del vacío (c. 1968-1980) y Viajeros del éter (1982).

Representante de la generación del 27, del surrealismo, del feminismo en las primeras vanguardias y de las poéticas del exilio, Maruja Mallo, nacida en Viveiro en 1902 bajo el nombre Ana María Gómez González, supo entender de manera excepcional la cultura popular y la relación del ser humano con la naturaleza. Fue artífice de un universo plástico en donde lo cotidiano adquiere valor simbólico y lo racional se abre a lo poético, se transforma en imágenes con poder visionario. Un universo que, anticipándose a las prácticas feministas de los años setenta, plasma la cosmovisión de la mujer moderna, activa y profesional que fue. Mallo creó este mundo como complemento al que le tocó habitar —atravesado por guerras, exilios, regímenes totalitarios y un sistema que restringía el papel de la mujer en el espacio público—, e hizo de él un espacio en el que ciencia, arte y mitología se daban la mano, en donde lo infinitamente pequeño se unía a lo infinitamente grande, y lo más lejano a lo más cercano, y lo pobló de cuerpos fragmentados, geometrías insólitas y paisajes interiores, desafiando cualquier forma de realismo convencional.


En el centro de su obra late la convicción de que las aspiraciones humanas son universales, de que el mundo es un entramado ecológico que debe preservarse, y de que el arte es capaz de abrir paso a una realidad más honda y trascendente. Sin perder la coherencia, estas ideas atraviesan su producción y lo hacen, a lo largo de los años, de maneras muy diferentes: en clave de realismo mágico y composiciones de carácter surrealista en sus primeros trabajos; y desde lo geométrico y fantástico en los últimos. Y es precisamente este viaje entre lenguajes, entre las muchas formas de relacionarse con la creación desplegadas por Mallo a lo largo de su vida, lo que la exposición busca mostrar. Maruja Mallo: Máscara y compás desvela, a través de un recorrido por pinturas y dibujos creados entre 1924 y 1982, las estructuras profundas que modelan la manera de mirar, componer y significar el mundo de una de las figuras esenciales de la Generación del 27 y del arte español del siglo XX.
La muestra reconstruye con rigor la complejidad de una figura visionaria, capaz de captar las tensiones de su tiempo y de anticipar las nuestras
En 1922, Maruja Mallo dejó Viveiro y se trasladó a Madrid con su familia. Ingresó en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y durante esos años, entabló amistad con Salvador Dalí, quien la introdujo al surrealismo y la conectó con figuras relevantes de la Generación del 27, como Federico García Lorca, Luis Buñuel o María Zambrano. Se graduó en 1926, tras lo cual comenzó a formar parte de la Escuela de Vallecas y a ilustrar publicaciones, entre las que destaca su colaboración con la Revista de Occidente y sus trabajos junto al poeta Rafael Alberti. Fue de hecho en los salones de la revista donde, en 1928, por invitación de su fundador, el filósofo José Ortega y Gasset, realizó su primera exposición individual en Madrid, consolidando su lugar en la vanguardia española. En sus obras de esta época, las Estampas (1927-28) y Verbenas (1927-28), se inspira en el colorismo ingenuo del arte popular y en el dinamismo del cine, la música y el teatro. Se anuncian en ellas algunos de los que serán sus temas más recurrentes: la ciudad y sus habitantes, las diversiones populares, la pasión por la velocidad, la simultaneidad de escenas y perspectivas, y el cuadro dentro del cuadro.

En los años 30, Mallo comenzó a viajar a París, donde se sumergió en el surrealismo, relacionándose con figuras como André Breton y Max Ernst. A lo largo de los primeros años de la década, su pintura experimentó un giro radical, reflejando la influencia de estos movimientos, como se aprecia en las series Arquitecturas minerales y vegetales (1932-33) y Construcciones rurales (1933-36), y Cloacas y campanarios (1929-32). En 1935, participó en una exposición colectiva que le permitió ingresar a la colección del museo Jeu de Paume, un hito clave en su evolución artística.


Al estallar la Guerra Civil Española, huyó a Portugal antes de exiliarse en Buenos Aires. Este período fue extremadamente fértil para la artista: pintó, dibujó, enseñó, participó en la revista Sur junto a Jorge Luis Borges, viajó a Uruguay, expuso en París, Brasil y Nueva York. El interés por el arte popular explorado en sus primeros años se enraiza en este momento en lo rural, la tierra y el trabajo del pueblo e incorpora la religiosidad sincrética, la mezcla de razas y los inmensos paisajes de su exilio americano. De este periodo son sus series La religión del trabajo (1936-39), Naturalezas vivas (1941-1944), Cabezas (1941-52), Máscaras (1948-57), y Atletas y acróbatas (años cincuenta).
Dibujos preparatorios, cuadernos de notas, fotografías y correspondencia ayudan a entender el entramado de relaciones, ideas y contextos que acompañaron la trayectoria de Maruja Mallo
Con la llegada al poder de Juan Perón en Argentina, se trasladó a Nueva York antes de regresar a España en 1965, tras 25 años de exilio. Se instaló en Madrid, donde un contexto profundamente conservador en lo artístico y social hizo que hasta finales de la década de 1970 su trabajo no empezara a recibir reconocimiento. En 1979, realizó una exposición antológica en la que mostró su última serie pictórica, Los moradores del vacío, y en 1982 recibió la Medalla de Oro al mérito en las Bellas Artes. Con 90 años expuso por vez primera, en la madrileña Galería Guillermo de Osma, los trabajos realizados durante su etapa americana.
A lo largo de su vida, Mallo estuvo rodeada de personalidades influyentes. Desde habitantes de la Residencia de Estudiantes como Dalí y Lorca, a los ya citados Ortega y Gasset, Zambrano y Bretón, así como Ramón Gómez de la Serna —autor de su primera biografía—, Pablo Neruda y Gabriela Mistral. Una de sus grandes influencias fue Joaquín Torres García, quien, a diferencia del resto de la vanguardia, no creía en las divisiones férreas entre figurativo y no figurativo, y demostró una gran pasión por la geometría y el enfoque meticuloso en el estudio y uso de la matemática. Particularmente evidente en sus series de los años 30, pero también en su forma de enfrentarse al trabajo, su contacto con Torres García dio lugar a un trabajo impecable con las formas en el espacio —tal y como ponen de manifiesto sus cerámicas perdidas— y una obsesión con los dibujos preparatorios.
Fiel al enfoque de investigación que ha caracterizado el hacer del Museo Reina Sofía y a la importancia concedida al archivo como vía para profundizar en los procesos y contextos, en esta exposición los documentos cobran un lugar esencial. Dibujos preparatorios, cuadernos de notas, fotografías y correspondencia —una parte sustancial proveniente del Archivo Lafuente, que cuenta con cientos de documentos y obras originales entre sus fondos— componen un tejido que ayuda a entender no solo el hacer de Mallo, sino el entramado de relaciones, ideas y contextos que acompañaron su trayectoria. Prueba de ello, y de la relevancia de este material, es la sala denominada “de estudios” que, situada dentro del recorrido, invita a adentrarse en esa arquitectura que sostiene su creación. No basta con contemplar las obras, también es necesario escuchar todo aquello que las hizo posibles.
Mallo falleció en Madrid en 1995, dejando un legado no muy extenso, pero profundamente valioso, de obras que sólo ahora empiezan a ser reconocidas en toda su dimensión. Por eso, reunir sus obras en una exposición como la propuesta por el Centro Botín y el MNCARS, es, además de un gesto de reparación, una oportunidad para contemplar, por fin, la magnitud de una artista que durante demasiado tiempo ha sido mirada de reojo. Sin embargo, la lista de prestadores —entre los que se encuentran el Art Institute of Chicago, el Centre Georges Pompidou de París, el Museo Nacional de Artes Visuales de Montevideo, el Museo Benito Quinquela Martín y el Museo de Arte Latinoamericano, ambos de Buenos Aires, el Museo Patio Herreriano de Valladolid, el Museo Provincial de Lugo, y colecciones particulares nacionales e internacionales— interroga en silencio: ¿cómo explicar que una figura tan desbordante haya permanecido en una suerte de sombra prolongada hasta ahora?

La exposición comisariada por Molins propone un recorrido que lleva de la mano: una invitación serena a adentrarse en los mundos que Maruja Mallo habitó y creó. A través de pinturas, dibujos, escritos, fotografías y palabras de la propia artista —citas distribuidas a lo largo de las salas—, se despliega una trayectoria vital y estética única, al tiempo que se abren preguntas sobre el lugar del arte en la sociedad, su poder transformador y su necesidad urgente. El orden cronológico organiza el viaje sin imponerlo, permitiendo que cada obra sea punto de partida hacia una profundidad a medida de quien mira. Reconstruye con rigor la complejidad de una figura visionaria, capaz de captar las tensiones de su tiempo y de anticipar las nuestras, y lejos de imponer interpretaciones, Molins ofrece claves, señales, silencios. La exposición se convierte en una conversación pausada, en un espacio de resonancias donde Mallo, con su lúcida modernidad, vuelve a hablarnos.
(Maruja Mallo: Máscara y compás. Pinturas y dibujos de 1924 a 1982, Centro Botín, Santander. Hasta el 14 de septiembre de 2025. En el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid, a partir del 8 de octubre de 2025)






