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‘No nos van a matar ahora’ de Jota Mombaça

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Jota Mombaça, Sinking Could Be, 2022. Cortesía de le artiste

No nos van a matar ahora
Jota Mombaça
Caja Negra, 2024

El libro de Jota Mombaça que acaba de traducir la editorial argentina Caja Negra resulta tan incómodo como necesario, sobre todo en el momento actual. Afortunadamente incómodo por la manera directa de interpelar a sus lectorxs con preguntas (im)pertinentes acerca de políticas identitarias e imposturas discursivas, por sus argumentaciones inapelables sobre los privilegios culturales basados en la raza y el género, por su capacidad, en definitiva, para minar los cimientos del sistema en que vivimos y cuestionar las estrategias mediante las cuales creemos poder reformarlo. Muy necesario cuando el orden político mundial se reconfigura al rimo que marca una extrema derecha neoimperial y cuando las dinámicas más perversas del neoliberalismo se ven aceleradas y potenciadas por discursos ultranacionalistas hiperventilados de odio.

Jota Mombaça (1991) es une artista de Brasil no binarie. No nos van a matar ahora fue publicado en portugués en 2021 y recoge diez textos fechados entre 2016 y 2019. El libro se abre con una “Carta a las que viven y vibran a pesar de Brasil”:

Es la última vez que digo: el mundo se está acabando. De nuevo. Parece contradictorio, en medio de todas estas formas de colapso, enunciar este título. No nos van a matar ahora, a pesar de que ya nos matan (…) Dedico este libro, y esta carta, a aquellas que vibran y viven a pesar de, en la contradicción entre la imposición de muerte social y nuestras vidas, irreductibles a este mandato / No nos van a matar ahora porque aún estamos aquí. Con nuestras muertas apiladas exigimos justicia, en callejones infinitos, por todas partes. Aquí estamos nosotras, y ellas están con nosotras, escuchan esta conversación y nutren el apocalipsis del mundo de quien nos mata (pp. 19-20).

Este arranque enérgico y descarnado marca el tono, fija una posición de partida, dibuja un espacio de enunciación (noción, por cierto, en torno a la cual gira uno de los ensayos). Mombaça habla con (no por) quienes han sido perseguidas, condenadas a la “muerte social”, quienes sufren una violencia sistémica alimentada por el supremacismo blanco y cisgénero. Lo hace sin mesianismo, sabiendo que no hay salidas fáciles (“recetas, fórmulas”), que la esperanza en la supuesta bondad de los humanos, el arte y la cultura es un lujo ingenuo de un pasado que ya no tiene sentido añorar. Pero también sin victimismos ni derrotismos paralizantes. Asume que no hay “puertas grandes”, pero aún así propone reflexiones como “pistas” con las cuales resistir, ganar tiempo, vivir “en la radicalidad de lo imposible» (p. 20).

Mombaça se dirige a nosotrxs como un ser vulnerable, fragmentado, herido, y, por eso mismo, capaz de interpelarnos con la fuerza de sus palabras

Como artista con presencia en el campo del arte contemporáneo, Mombaça dirige algunas de sus críticas más certeras a la normalización de perspectivas decoloniales y antirracistas en el circuito artístico internacional. La creciente visibilidad de sujetos racializados y disidencias sexuales, en lucha no ya por su dignidad, sino por su supervivencia, plantea preguntas de difícil resolución relacionadas con la legitimidad de los discursos, la apropiación de capital cultural (“valor robado”) o la autoalterización a la que se ven forzadxs muchxs creadorxs. Mombaça no deja lugar a dudas: no parece razonable proponer un diálogo cómplice con sujetos subalternos al tiempo que se trabaja en estructuras políticas o institucionales subalternizantes y se contribuye, con ello, a consolidar jerarquías culturales y visualidades violentas.

Esta es la contradicción fundamental que acompaña las alianzas blancas: la continuidad entre sus posiciones y el sistema simbólico contra el cual supuestamente se articulan. Aunque no imposibilite el trabajo necesario de colaboración de personas blancas e históricamente privilegiadas por la colonialidad en luchas que buscan desmontar esos sistemas de reproducción social, esta contradicción llena de trampas el espacio intersubjetivo entre las alianzas blancas y las luchas antirracistas y anticoloniales (p. 41).

El debate no se plantea con nombres, apellidos y casos concretos, pero para cualquier lector/a no resultará difícil declinarlo a propósito de los cientos de exposiciones o bienales que muestran, con más o menos fortuna, la producción de artistas indígenas o que se sustentan sobre andamiajes teóricos decoloniales, y que, sin embargo, siguen alimentando formas de desposesión propias del capitalismo actual (extractivismo, turistización, eventificación, precariedad, gentrificación, etc.).

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Jota Mombaça. Cortesía de le artiste

Confrontarse con estas contradicciones resulta retador para cualquier persona que se dedique al comisariado, para espectadorxs o lectorxs (como el señor blanco y hetero que escribe estas líneas), pero también para lxs propixs artistas que, en este entramado de violencias, pueden verse arrastrados por una «demanda de autocosificación positiva según la cual siempre debemos poner nuestra desobediencia sexual y de género y nuestra negritud como tema central de nuestra especialidad» (p. 51). Los procesos de autoexotización a que se ven abocados muchxs creadorxs no blancxs no son nuevos. Ya fueron elaborados, entre otros, por Rasheed Araeen en los años setenta o Gerardo Mosquera en los noventa. Pero las preguntas de Mombaça atienden a coyunturas y objetivos diferentes. Ya no se trataría sólo de ganar espacios para esos “otros” del tercer mundo en el circuito artístico occidental, ni de recuperar las tradiciones modernas de las antiguas colonias, ni de disolver la dialéctica centro / periferia para fomentar circulaciones globales; se trataría, más bien, de cuestionar las normas que rigen el campo cultural, desarbolar el código de privilegios desde el que se establecen cuotas de visibilidad, negar la posibilidad misma de que los debates sigan obedeciendo a los intereses de quienes se resisten a perder el control de la agenda.

Ante estos dilemas, Mombaça asume la incomodidad de su propia posición, desde la consciencia de sus privilegios como artista con un cierto reconocimiento y desde el sufrimiento y la lucidez derivados de su precariedad vital: “Mi posición se articula en la intersección entre el campo de las mercancías críticas, aparentemente limitado y supuestamente deconstruido, y la hiperdeterminada y asediada experiencia de estar fragmentada por el mundo como lo conocemos” (p. 52). En ese mundo, las personas racializadas y disidentes de género habitan una violencia sistémica. Sus vidas no merecen duelo. Están a merced de estados que monopolizan la violencia y generan ficciones mediante las cuales controlar identidades y fronteras. Es, quizás, en el territorio de esas ficciones, en los imaginarios del poder blanco, desde donde Mombaça pretende resquebrajar los cimientos del sistema:

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Nosotras nos infiltraremos en sus sueños y perturbaremos su equilibrio. (…) entraremos a sus familias, estropearemos sus genealogías y acabaremos con sus ficciones de linaje. (…) desnaturalizaremos su naturaleza, quebraremos todas sus reglas y hackearemos su informática de la dominación (p. 70).

Ciertas dosis de violencia discursiva emergen en el texto como única posibilidad de resistencia ante la violencia sobre la que se asienta la normalidad hegemónica. Lo cual no puede extrañar si pensamos que parte del libro fue redactada y editada durante la presidencia de Jair Bolsonaro (2019-2023), cuando se agudizaron las dinámicas que hacían pensar Brasil como “distopía antinegra y antiindígena”. Esta beligerancia podría interpretarse como un elemento paradójicamente constitutivo de la subjetividad quebrada reivindicada por la autora. Jota Mombaça no se dirige a nosotrxs como un sujeto unitario, autoconsciente, sin fisuras, sino más bien al contrario, como un ser vulnerable, fragmentado, herido, y, por eso mismo, capaz de interpelarnos con la fuerza de sus palabras.

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