El auténtico instante inmortal
Si hay algo que nos lleva directamente de una fotografía de Zachary Zavislak a un bodegón del siglo XVII, es la oscuridad. Ella al fondo, y al margen, de un lateral, nace una luz, directa, dirigida dramáticamente sobre los elementos, que proyectan a su vez una sombra marcada y oscura sobre un fino mantel perfectamente planchado. Aunque tal vez, puede que sean esos pliegues cuidados, y esa pasividad que emana de las frutas y las copas, lo que más nos extraña en un documento contemporáneo; por eso miramos hacia el pasado, buscando donde encuadrar las fotografías de Zavislak, porque sólo entonces podrían tener las perecederas frutas y el frágil cristal el protagonismo de un icono religioso, como así ocurría en el bodegón español. Porque eso es lo que diferencia a un bodegón de una naturaleza muerta, la contención, la austeridad y ese ascetismo religioso que sólo en la España del siglo XVII podía darse.
Zavislak ha ido un poco más allá en ese retrato inmediato de la frescura y la lozanía de esas frutas prontas a marchitase. Un instante que sólo es un momento en la fotografía, pero que era mucho más que eso en el siglo XVII, cuando sólo resultaba un falso instante. Las manzanas se arrugaban en el proceso pictórico y los melones, mientras, perdían su jugoso brillo. Su decrepitud se adelantaba a la finalización del cuadro provocando que dos realidades se separasen antes de tiempo, antes de lo que pretendía el artista; la realidad del modelo, y la no menos realidad de la pintura.
Lo que entonces los pintores hacían era fingir un instante. Lo que ahora Zachary Zavislak hace es recrear ese instante, y hacerlo por fin auténtico, porque después de su disparo las frutas siguen teniendo el mismo aspecto que al ser retratadas; sólo unos segundos separan al modelo y al retrato. Envidia de Felipe Ramírez, de Juan van der Hamen, de Sánchez Cotán, de Zurbarán…
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